miércoles, 26 de marzo de 2008

DE ÑANCAHUAZU AL INDEGENISMO

DE ÑANCAHUAZU AL INDIGENISMO

Rafael Puente –ex viceministro de régimen interior-, otrora, militante de la compañía de Jesús, entiendo, en un tiempo de efervescencia revolucionaria, en la que se buscaba afanosamente dar razón de la fe cristiana armonizando teoría y praxis, hoy, quiere justificar el salto político-revolucionario(?) desde La Higuera al Indigenismo del MAS. No dudo que el pensamiento revolucionario –si es que sostenerlo todavía no es ya un anacronismo- haya hecho aguas en ciertos sectores de una Iglesia Latinoamericana conservadora, dependiente, mezquina, preocupada por el crecimiento y avance de las sectas; Puente, en ese contexto cuenta que se fue a ordeñar vacas al oriente boliviano, creo que el hecho no reviste mérito alguno comparado con quienes no sólo recrean esa imagen sino que viven y hacen todo un evangelio del sufrimiento y exclusión social; conocí muchísimos hombres y mujeres de iglesia –extranjeros y nacionales- con un enorme espíritu de compromiso y entrega sin límites a favor de los más desposeídos, excluidos, marginados, desarrapados, condenados de la tierra (Franz Fanon), en suma, los nuevos parias que ha generado la modernidad tardía, sin que ello haya significado abdicar de su fe y pasar a engrosas las filas de una izquierda –como la boliviana- atestada de bribones.

Acaso, un provinciano –que es lo que soy- educado en las filas de la Iglesia y que lleva una cadena de antepasados analfabetos, una madre que garabatea medianamente el castellano –su única lengua- y que los sinsabores de la vida han cincelado su rostro, no con marchas ni bloqueos, sino con las más abrumadoras tareas agrícolas, hoy por hoy, no soporta la imagen del sindicalista carraspeando el español, pues, no tengo razón alguna para renegar de una institución que hace a la historia misma de este país.

Leí las notas de Puente sobre la posición del P. Gregorio Iriarte respecto al proyecto de constitución del MAS y los estatutos autonómicos de la media luna. Escribo estas líneas, no porque el P. Iriarte no sea capaz de hacerlo, es más, pienso que habrá dicho algo o simplemente su silencio diga muchas cosas; la sencilla razón de estas anotaciones es que, ¿no es bueno y saludable, que una mente joven, con ideas frescas y apreciaciones imparciales, le responda a un hombre entrado ya en la longevidad, y de yapa, disquisiciones cansadas, dogmatismos ideológicos que le encorvan cualquier tipo de análisis? ¿Los vientos revolucionarios de hace tres décadas no terminaron en un rotundo fracaso militar en Ñancahuazú? ¿El andamiaje político-ideológico de Puente sobrepasó más allá de la Higuera? ¿No es fruto de su fanatismo, adoctrinamiento acrítico, radicalismo político, bajo el resplandor del leninismo de su época, su tristemente proyecto de librito, “De Nazaret a Ñancahuazú”, pretensioso título, además? ¿no es un testimonio claro que Puente optara por ser un ex-combatiente de la Compañía, absorbido por las ideas de un marxismo-leninismo del cual se vanagloria hasta el paroxismo? Estoy convencido que la única muestra del ideario político de Puente no sobrepasa la verborrea y el monólogo surrealista.

Es irrisorio –para no decir más- que un ex-jesuita –aunque en la viña del Señor hay de todo- tras largos años de formación filosófico-teológica y que llegó ha ser maestro de colegio de Mariano Rajoi, opositor vasco cercano al etarrismo como Chávez de las FAR, cambie el discurso de los pobres y el compromiso de Jesús por la demagogia sindical; pues, es más que evidente sostener que la opción por los pobres pasa por las necesidades del anciano, el huérfano, el enfermo, la viuda, la samaritana o Maria de Magdala, es decir, los más pobre entre los pobres. Para Puente, desde su perspectiva marxista-leninista es lo mismo ser pobre con un patrimonio de 3 millones de dólares como Evo Morales frente a aquél miserable que sobrevive con medio dólar al día o el pobre policía cuya renta no sobrepasa los 900 bs. y cuatro hijos que van a la escuela. No se puede categorizar al pobre sólo desde una dimensión político-sociológica ni hacer del pobre una wipala de lucha, en busca del poder, mientras se banquetea igual que un cholo visceral; Jesús condenó vehementemente ese tipo de blasfemia porque consideraba que el hijo del hombre no tenía ni siquiera donde reclinar la cabeza.

En este momento, en el que los radicalismos encontrados en el país han frenado toda posibilidad de cambio es completamente evangélico condenarlos. Jesús no toleró ningún tipo de Zelotismo (sindicalismo, nacionalismo etnocultural, indigenismo, populismo, etc.) ni Fariseismo leguleyo alguno (movimientos cívicos, burguesías autonómicas, ultraderechas, etc.). Mantenerse equidistante de un indigenismo rampante y una ultraderecha salvaje es lo más sano aunque esta posición sea tachada por ambos bandos de cinismo o traición a la causa de los pobres, o finalmente lo que se le quiera llamar.


Iván Castro Aruzamen
Profesor de Derechos Humanos - UCB

miércoles, 7 de noviembre de 2007

UN HÉROE Y UN DESTINO: EL TESORO DE LAS GUERRAS DE HOMERO CARVALHO

Un héroe y un destino: El Tesoro de las guerras
Toda novela es, en una acepción
amplia, novela histórica.
Francisco Ayala
El tesoro de las guerras —o el “Arca de la Alianza” en alusión directa al relato bíblico veterotestamentario (Ex 25, 10)— es en el sentido estricto del término, una novela histórica; en ella Homero Carvalho a querido «acercar el pasado como si alguien lo estuviera contando en el presente»; pues, gigantesca tarea la que carga sobre la pluma de Antonio Robles (narrador), que escarba en los escombros de un pasado que aún nos viene persiguiendo, inexorablemente. Robles, irá tras las huellas de un héroe —poco común en la historia política de Bolivia— cuyo destino está ligado estrechamente a la quijotesca idea de construir un país, un ideario nacional sutentado en la unidad y la honradez.
Romualdo Villamil, el hombre que emerge de las notas de un vetusto cuaderno de apuntes, escrito por su compañero de andanzas, Gregorio Aguilar, en el que cuenta las correrías que hizo junto a su amigo, a través de todo el territorio nacional; así el cuaderno de Gregorio, no es sino el texto en el que se tejen traiciones, asesinatos, luchas por el poder, pero, sobre todo, es el testamento político-militar del Coronel Villamil; la vida de este militar nos va develando los entrecejos de nuestra historia. Y es que la novela, género libre y abierto, Carvalho la conoce como si fuera la palma de la mano y en el Tesoro de las guerras, nos coloca (mos) más allá de la literatura, más allá o más acá, en un terreno donde también cabe, entre lo infra y lo supraliterario, un arte (el de la novela), una arqueología (M. Foucault) del saber literario; el novelista Carvalho —o si quiere entender Antonio Robles— tiene sin más remedio que colocar su creación imaginativa sobre el terreno histórico, y lo hace cuando localiza la acción en el tiempo, el espacio de lo que fue, lo que pasó; en el Arca de la alianza, “esta había salvado de la destrucción y el olvido a aquella palabras que los seres humanos nunca debemos olvidar —el pasado histórico—, las palabras cariñosas, las del amor, las del perdón, la de la amistad, las que nos hacen ser mejores cada día”.
Nuestra geografía diversa, multicultural, plurilingue, plurinacional, en suma, todo aquello que somos, atraviesa toda la trama del Tesoro de la guerras, en la que los personajes de ayer o de hoy, adquieren un aire de rigurosa actualidad, porque “los bolivianos están acostumbrados a sobornar con el alcohol que les parece natural llevarle una botella a cualquiera”, pero, también, el pasado aparece como un lugar de refugio y para Robles, el mismo no sólo es algo cerrado sino paradójicamente inconcluso, pues, “el acuerdo con los hechos del pasado es un pacto de caballeros, que conlleva convenientes olvidos y rescata momentos felices”. Ese pacto que está abarrotado de anécdotas, juramentos, odios y momentos determinantes, han sido cruciales para la construcción de nuestro destino nacional.
Ahora bien, ese pasado que cargamos todos los bolivianos, muy presente en la novela, hace que uno se sienta a meditar sobre el itinerario histórico de Bolivia —aunque esta meditación sea para uno una angustia vital—; así el Tesoro de las guerras no es sino el cofre donde se ha fraguado un héroe y un destino, cuya trascendencia hace que nos cuestionemos acerca de la causa última de nuestra historia como nación; y pronto caemos en la cuenta, gracias a la novela, que hemos canonizado el fracaso y la gloria, o para ser carvalheanos en nuestra visión histórica: la gloria que Bolivia como nación —sin olvidar los más de 175 años de vida independiente, aunque esto sólo exista en un imaginario social absolutamente carente de todo realismo social— construyó, lo ha hecho a costa del fracaso, fruto nefasto que ha ido marcando todo el devenir histórico, hasta el presente.
Jorge Calahumana, el guardián celoso, reticente, abstemio, del Arca de la alianza, con toda razón no duda en afirmar que “la historia ya está escrita y el país ha sobrevivido pese a todo”, porque Calahumana, como muchos bolivianos, sabe que las guerras, no sólo aquellas que hemos librado con enemigos foráneos, sino, sobre todo, las intestinas guerras internas, entre nosotros, diversos, aún a costa del fracaso, han levantado mitos, leyendas, imágenes, íconos, que son el reflejo claro de la derrota histórica que arrastramos. ¿Acaso, un Melgarejo o un José Maria Linares, Hugo Banzer Suárez, García Meza, o el mismísimo Evo Morales, no son los ejemplos más patéticos de una gloria construida sobre las ruinas de una derrota histórica? Para Carvalho, desmitificar estos símbolos o “revisar nuestra historia y destruir a algunos de nuestros mitos sería contribuir a la desunión de este país que no termina de consolidarse”, desconstruir el pasado, es el único camino, y él, como cirujano mientras nos cuenta la historia de este país, no deja títere con cabeza.
Homero Carvalho, ha cincelado en la figura de Romualdo Villamil —auque él se empeña en hacernos creer que la punta de lanza en la trama es Gregorio Aguilar— al héroe, cuyo destino esta aferrado a la historia para mostrarnos la lucha entre el fracaso y la utopía; Villamil es un héroe marcado —depositador (rio)— por los entretelones históricos que han desangrado y desmembrado no sólo el territorio físico de la nación, también el interior, el de la identidad nacional. La sentencia de Romualdo, por esa razón suena a condena, cuando nos dice que, “las armas de la política son las palabras y sus tácticas son la adulación, la calumnia, el prejuicio y la traición, que ocasionan heridas mucho más mortales que cualquier arma conocida. Aquí —continúa nuestro héroe— subsisten alimañas inimaginables para el común de los mortales”, pues, para Carvalho ahí reside la fuente de todos nuestros males; y sólo es capaz sostener esta afirmación, de que la política made in Bolivia continúa llevándonos al abismo, un hombre que ha sido “caminante de todos los caminos, navegante de todos los ríos, hombre de una sola mujer, compañero y camarada”, que no descansó de bregar por su país a pesar de los sinsabores de una entrega y servicio sin límites, aún a costa de la vida misma.No podemos olvidar que ya Juan Rulfo en Luvina (El llano en llamas) se preguntaba al ver el estado de las cosas, “en qué país vivimos Agripina”, y Luís Sepúlveda en El Viejo que leía novelas de amor, termina achacándole como el culpable hasta del dolor de muelas, al Estado; García Márquez, en El Coronel no tiene quien le escriba, nos hace notar la presencia de ese Estado inoperante, ineficaz, muy común a las repúblicas latinoamericanas; y Carvalho siguiendo esta rica tradición de la novela latinoamericana, continua en el Tesoro de la guerras mostrando un Estado eregido sobre las arenas del fracaso, porque éste no ha “podido escapar a la traición de la política, ni a las eficaces heridas que le prodigaron las artimañas de la burocracia”; así, pues nuestra historia política —concluirá sosteniendo Carvalho— no ha sido capaz de extirpar, liberarse de un mal que la corrido hasta las entrañas mismas, porque “el peor defecto de los bolivianos, —dirá nuestro héroe más allá de haberse esforzado por ser un servidor público honesto, honrado, “peregrino de la nación”— creo que es la angurria por el poder, para los bolivianos el poder es algo por lo que podemos matar y morir”, la inestabilidad y falta de tradición democrática, son muestras de ello.
Leer el Tesoro de las guerras, sólo como un dato histórico-novelado del pasado y presente de nuestro país, sería distorsionar el territorio imaginativo en el que Carvalho ha sabido introducir a sus lectores, y finalmente, sería como negar lo que somos; así en el Tesoro de las guerras, aparecemos los bolivianos incorregibles de nuestros males, el país mismo, la nación inconclusa, la Bolivia que lleva el sello del fracaso, pero asimismo el semblante de un héroe y un destino (Romualdo Villamil), paradigma digno de ser imitado.

viernes, 2 de marzo de 2007

QUIERO PENSAR, PERO ME SALE ESPUMA

QUIERO PENSAR, PERO ME SALE ESPUMA

Una de nuestra voz poética más representativa, el beniano Pedro Shimose, con mucho acierto escribió un libro de poemas, “Quiero escribir, pero me sale espuma”, obra que fue ganadora de uno de los premios más prestigiosos para las letras hispanoamericanas, el premio Casa de las Américas. Pero, no siempre un buen poeta acaba siendo mordaz o al menos lo medianamente objetivo cuando escruta y pasea su mirada sobre eso que llamamos realidad, “lo cotidiano”, diría Francisco Ayala. Las más de las veces, cuando el intelectual escribe sobre ese espacio conflictivo y caótico, donde discurren las vidas de una inmensa mayoría, muchedumbre, de desharrapados y pobres, que son los más en este país, no hace sino echar espuma por la boca. Hablar sobre lo cotidiano es harto complicado, sin embargo tarea ineludible para la mayoría de esa casta llamada intelectual. El poeta o el novelista, como dice el autor de “Animal Tropical”, el cubano Pedro Juan Gutiérrez, a través de la palabra debe “desnudar la realidad, no maquillarla”, aunque es un cometido pocas veces alcanzado más no por eso imposible.

Shimose escribió un artículo, aparecido en el matutino "Los Tiempos", el domingo 21 de septiembre de 2004, bajo el título “Evo, el protestante”, en el que de modo subjuntivo se aventura a soñar cómo sería el gobierno del dirigente y diputado cocalero. Craso error de criterio político y miopía intelectual, pura ficción, al estilo Isaac Asimov. Además, no incluir en sus apreciaciones al actual gobierno, es como ver la paja que tiene el vecino en el ojo y hacerse el loco con el tronco que hay en el propio, para no decirlo con palabras de Cabrera Infante en Tres Tristes Tigres. El gobierno de Sanchez de Lozada, en su lucha frontal contra al corrupción, no ha pasado de ser un eslogan que sólo ha acelerado el crecimiento burocrático del Estado. A un año y poco más de gobierno de responsabilidad nacional, como le gusta llamar al jefe del MIR, el palacio vive habitado de una carroña de políticos, ávidos de poder, y cómo dice Shimose: “rodeado de ineptos, corruptos, aduladores y sinverguenzas...”. Así anda este país y no es mentira lo que afirma Cayetano Llobet, “así de cojudos somos” los bolivianos, que nos permitimos realizar ejercicios mentales, tan alejados de lo cotidiano, como pensar que pueden existir políticos honestos.

Quiero recordarle a nuestro premio Casa de América, que no es lo mismo vivir en una metrópoli europea a vencer el día rascándose la barriga, en Curawara de Carangas en el Altiplano, o Pampa Rayo en Chuquisaca, o allá en el oriente boliviano en medio de la borrachera verde de la Amazonía, entre los restos de alguna de las tantas etnias..

La realidad de este país está condicionada por modelos importados, la intuición y, sobre todo, la hegemonía de una burguesía nacional bordeando la ignorancia. A principios del siglo XXI contamos con un territorio, en el que el índice de pobreza es tan alto como sus montañas, bajo índice de escolaridad, deuda impagable, escasa atención a las necesidades básicas de salud, una desigualdad escandalosa entre una minoría que vive en el primer mundo y una inmensa mayoría en los suburbios de la pobreza, pero aún endémica. Y es que no intento hacer una apología del Movimiento al Socialismo y su líder, porque el oficialismo y la oposición oportunista del MAS, actúan bajo la bandera de la irresponsabilidad más cínica de cara a la búsqueda del bien común.

Juan Rulfo, en uno de sus cuentos más desgarradores que leí, “Lubina”, escribió: “en qué país vivimos Agripina... el gobierno nos ayudará”. Y Luis Sepúlveda, chileno, en su novela, “El viejo que leía novelas de amor”, dice: “el culpable de que te duelan las muelas, sabes quién es, el gobierno, pendejo”. Pues bien, vivimos en un país en el que la simpática gente de derechas o izquierdas (progresistas) encaramada en el poder, no sabe a ciencia cierta qué hacer con él, a lo sumo matar; y el (los) culpable (es) de que nos duelan no sólo los dientes sino la vida misma, el existir aquí y ahora, tiene un rostro concreto: MNR, NFR, MIR, MAS, MIP, UCS...

Iván Castro Aruzamen

SOBERANIA POPULAR: ¿DEMOCRACIA INDUCIDA?

SOBERANÍA POPULAR: ¿domocracía inducida?

Con Evo Morales Ayma, sindicalista, cocalero, paseándose por palacio quemado, igual que Villarroel, Belzu o Barrientos, personajes populistas de dácadas atrás, el ejercicio de la Soberania Popular es todavia incipiente. El gobierno actual desde el inicio de su mandato ha buscado ser in vox populi. No obstante, tras dos meses de gobierno masista, es notoria la carencia -mal congénito de nuestra democracia- de un proyecto nacional, sutentado -sobre todo- en la lógica del derecho a la satisfacción de las necesidades básicas. Ni oposición -que busca el ejercicio de la titularidad- ni oficialismo, han definido una política clara respecto a la defensa-vigencia-establecimiento, de un derecho fundamental, como es el derecho al esfuerzo humano (trabajo). En este momento de profunda crisis económica, es urgente diseñar estrategias coherentes y sotenibles, para la generación de espacios de trabajo para miles de bolivianos. Una traba, que habrá de despejar el gobierno de Evo Morales, es sustituir el modelo 21060, vigente desde el regreso a la democracia, por una nueva, en la que se contemple nítidamente el goce y seguridad del derecho al trabajo, fuente de otros derechos inapelables: pan, vivienda, vestimenta, salud, educación, medio ambiente...en suma, hablamos de vida digna para todos; acceso en igualdad de condiciones a este derecho fundamental, primario, es reponsabilidad de los poderes establecidos en el país y sus instituciones.

Una de las causas para la postergación de este derecho, sin duda, ha sido la falta de una democracia sólida e incluyente. Desde la vuelta a la democracia en la década de los ochenta, tras una honda crisis estatal, inestabilidad política, golpes y dictaduras militares, el proceso democrático boliviano, nació como una democracia inducida. Las diferencias entre matices, máscaras y rostros de esa democracia fueron mínimas. La realidad de país sumido en la pobreza, la corrupción, el prebendalismo, la poliarquía política, no sufrió transformación alguna. Tuvimos una democracia de baja intensidad, que requería una mano autoritaria e injerente para la transición, con Victor Paz Estenssoro; siguió una democracia restringida, que exigia límites no sólo a las demandas económicas, sino también participativas, con Jaime Paz Zamora; vino luego una democracia de fachada, que ofrecía legalidad de los derechos democráticos, pero incapacidad para resolverlos, con Hugo Banzer Suares y Jorge Quiroga Ramirez; y finalmente, una democracia tutelada, que requería un poder externo que proteja y administre la constitución de la misma, con Gonzalo Sanchez de Lozada, Carlos Meza y Eduardo Ridriguez Veltzé. A partir de diciembre de 2005, está en vigencia (por el momento) una democracia de la soberanía popular, que también requiere de una mano foránea (Hugo Chavez, Fidel Castro y otros gobiernos de discurso antineoliberal, pero con prácticas políticas capitalista serias) para sostener un sistema democrático débil.

Estas caras de la democracia, se derrumban y deforman, transparentadas por sus debilidades, debido a la evidencia notoria de la miseria y pobreza crecientes, junto a la ajenidad y lejanía, que el pueblo tiene respecto a procesos insituyentes que marcan el sendero de su desarrollo.

Naturalmente, el peligro inminente de una democracia de la soberanía popular, como la que pretende el Movimiento al Socialismo, es que transforme los procesos instituyentes, como el Referendum Autonómico y Asamblea Constituyente, en una visión meramente sectorial, sindical, corporativista.

Una sociedad en la que quepan todos (Franz Hinkelammert) no puede construirse en base a intromisión ajena ni visiones particulares de grupos o élites, sean estas oligárquicas o movimientos sociales, sino desde una visión de conjunto, intercultural, de inclusión de todas las voces, disidentes y coincidentes, que quieren construir un país con justicia e igualdad, nacida de la praxis y no de meros discursos ideológicos.

Iván Castro Aruzamen

COMPLEMENTARIEDAD EN CARLOS RIMASSA

COMPLEMENTARIEDAD EN “CARLOS RIMASSA”

“Lo perfecto no es más que lo completo
Juan Ramón Jiménez
No pude dejar pasar la oportunidad de escribir unas pinceladas sobre la figura y obra de un amigo reciente pero entrañable: Carlos Rimassa.
Quienes han seguido y conocen su trabajo, de larga data y amplia trayectoria en el ámbito de la pintura nacional, coinciden en señalar el valioso aporte de su pintura en la comprensión y búsqueda del ser nacional. El hombre de estas latitudes (como el europeo o africano) es moldeado por el entorno en el que vive, hasta en sus sueños y su muerte, haciendo de él único e irrepetible. Decía, Lezama Lima que la identidad está conformada por el lugar de residencia en la tierra. Así, la pintura de Rimassa, refleja el espacio en el que la lucha del hombre frente a los embates de la naturaleza, va dando forma a la identidad de esta región del mundo, nuestra región.
Podemos definir al hombre, al artista y al ser humano detrás de los paisajes de Rimassa; y en última instancia al autor, con estás palabras de Juan Ramón Jiménez: “Prefiero a todo una “inteligencia sensitiva” siempre nueva, aspiro a la flor y al fruto más altos de esta sensibilidad inteligente, a los que yo llamo “aristocracia de intemperie”;no me considero inepto para la perfección matemática, y no soy estéril; y me ilusiono con complementarme a mí mismo.
Esa complementariedad, Juan Ramón Jiménez la entiende como perfección; y así como el poeta la encuentra en la creación y la crítica, Rimassa como pintor, creador y artista, la encuentra en la poesía. Entre sus amigos circuló un volumen de poemas titulado “Recontando actitudes”. Y nada más entrada la lectura de sus poemas, se avizora las lides por las que transita el quehacer artístico de Rimassa. Se escucha la voz del poeta pitando las palabras con su mundo estético: “Hoy he recontado actitudes (...) paisajes de lluvia/ hojarasca de muchos entierros/ paisajes comunes de colores gastados”. Esos colores gastados, Adolfo Cáceres, lo advertía ya en el prólogo de la obra mencionada, son los preferidos de Rimassa: los ocres, grises y amarillos.
Quiero terminar esta corta noción sobre el trabajo de Carlos Rimassa, evocando la complementariedad que subsiste en su pintura: Colores, paisajes y palabras, van de la mano abriendo senderos por los que transita la inagotable fuerza creadora de este hombre, al igual que Octavio Paz, ha cruzado el siglo XX, como testigo de fiel de los hechos más sobresalientes que marcaron el destino de la humanidad. Esa mirada se refleja en la estética de sus cuadros. Pocos han sido los maestros, como Rimassa, que han logrado esta complementariedad: pintura y poesía.

Iván Castro Aruzamen

NACIONALISMO ETNOCULTURAL

NACIONALISMO ETNOCULTURAL

El discurso político-social del movimiento al socialismo (MAS), sobre todo a partir del 2003, fue asumiendo un perfil ideológico sostenido por un radicalismo pluralista, que no era sino la expresión y posición de los movimientos sociales, frente al monopolio partidista de una élite política-oligarca, en franca decadencia. Sin embargo este pluralismo de corte populista, enarbolado por el MAS, surge gracias a la tímida autonomía democrática formal que el país ha experimentado en sus más de 20 años de regímenes democráticos; sin duda, que la tal autonomía se define, pragmáticamente, por tratar de posibilitar una convivencia social basada en el respeto y la tolerancia.

El escenario político actual del país: mayoría relativa en la Asamblea constituyente; mayoría parlamentaria, y con más del 50% del voto ciudadano en las elecciones de diciembre de 2004, debieran de ser la plataforma legitimadora, para que el gobierno impulse cambios estructurales profundos, en el seno de la economía y el sistema político. Pero, no ha sido así. Simple y sencillamente, porque las equivocaciones han pesado mucho más que los aciertos, sólo para nombrar uno, el caso del peruanito rabioso, un Fouché Latinoamericano, campeón del transfugio y guerri-terrorista. Hoy, por lo menos, es notorio el abandono de ese discurso pluralista. Los movimiento sociales, engranados por el MAS, son incapaces de articular una propuesta sólida basada en ese pluralismo, que mucho bien le hubiera hecho a un país, sumido en la más galopante pobreza de América Latina.

Los movimientos sociales en Bolivia, hasta antes de las elecciones del 2004, constituian un motor con mucha fuerza, que generaba una racionalidad de resistencia, capaz de impulsar transformaciones sociales -por medio de la presión- en dirección de una participación de todos los sectores que hicieran de la democracia mucho más incluyente; pues, desde esa lógica, sí, era posible administrar cambios a favor del conjunto de la sociedad. Esta forma de generar poder, ha cambiado repentinamente, aunque en la práctica es nula, desde el momento en que éstos, abanderados por el MAS se hacen del poder del Estado. Asimismo, han incorporado a su práxis y discurso, una cuestión tan espinosa como es el de la Identidad, que tantos y tantos enredos ha traido desde las interpretaciones altusoniana y herderiana, para no hacer una larga lista.

De ahí que, ese pluriculturalismo defendido por el MAS, dentro de los límites que impone una "política de Identidad", soterradamente, niega la identidad múltiple de la nación, imponiendo una cosmovisión-identidad exclusiva, articulada en un indigenismo que determina en este momento la acción política y con ella la vida social de todos los ciudadanos y ciudadanas de este país. Una forma típica de esa búsqueda de identidad, asumida y puesta en práctica por el entorno de Morales Aima -que se torna amenazadora para la integridad de la nación- es la búsqueda de una nueva ciudadanía, en torno a la cohesión étnica, bajo la égida de la imposición de un nacionalismo etnocultural. Este nacionalismo en gestación, busca a toda costa, la construcción de un estado indigena (quechua-aymara), imponiéndose a una sociedad radicalmente plural (¿plurinacional?), como la nuestra, es decir, una identidad Etnocultural que agrupe y homogeneice a todas y todos los ciudadanos. No obstante, la posición de las oligarquías rearticuladas por Tuto quiroga, sobre todo en Santa Cruz, y Mafred Reyes Villa en Cochabamba, nos distan mucho del nacionalismo del MAS. Ambas posturas están salpicadas de Facismo.

Iván Castro Aruzamen

DEMOCRACIA Y DERECHOS HUMANOS

DEMOCRACIA Y DERECHOS HUMANOS

El proceso democrático que comenzó el 10 de octubre del 82, logró conservar y desarrollar estabilidad económica restringida, sumisa e impermeable a todo tipo de transformación. Es así que la democracia boliviana en su lenta consolidación, se ha visto empañada por élites de poder, que no han hecho otra cosa más que dejarla vulnerable a la prebenda y corrupción. La actual situación del sistema partidario, en la democracia de nuestro país, se vino solidificando ya a partir del 52 con el oportunismo histórico del Movimiento Nacionalista Revolucionario, de Victor Paz Estenssoro. Los partidos políticos en Bolivia han sido monstruos sagrados, rodeados de un hermetismo a ultranza, inmunes a cualquier posibilidad de democratización en su organización interna. En medio de este panorama, hablar de Derechos Humanos y su vigencia plena no es plausible por el momento; aunque sostener y defender una relación de no exclusión entre Democracia y Derechos Humanos es sinónimo de Derechos Humanos para todos. Esta estrecha relación seguirá truncada mientras las élites partitocráticas no introduzcan vientos de cambio en su organización. Así como todo tipos de organización social, sea esta sindical, vecinal, cultural, etc.

Si duda que la positivación de los Derechos Humanos es eficiente en un sistema democrático, sobre todo en una democracia representativa, pero lo es aún más en una Democracia Participativa. Ésta para ayudar a la ejecución y cumplimiento de los Derechos debe apelar a tres pilares fundamentales a saber: a) descentralización del poder de las organizaciones partidarias, la cual supone un principio práctico-moral; b) justicia social que es la base de la consecución del bien común; c) igualdad participativa para que todos y cada uno de los ciudadanos tengan el derecho y oportunidad de elegir y ser elegido.

No obstante, la esperanza de que los Derechos Humanos alcancen a todos, en Bolivia, se ve empañada por el lente del conflicto, los intereses partidarios, sectoriales, y hoy más que nunca, etnoculturales, a raíz de las demandas sociales de sectores marginados y la incapacidad del Estado para satisfacer tales necesidades. Y han sido los partidos políticos, en la mayoría de los casos, responsables de profundizar la enorme desigualdad social, cuya consecuencia es la constante lesión que sufren los Derechos Humanos de la colectividad.

Así los DDHH, en una sociedad donde la Democracia fue vehículo para mantener el poder político en manos de una burguesía nacional, y hoy, del sindicato (Cocaleros), con una total carencia de un sentido de unidad, de nación; peor todavía cuando el control del poder económico está en función de intereses foráneos, los DDHH continúan relegados a mera función decorativa. Estado y sociedad civil que ha roto los lazos de confianza, representación, participación, y mucho más, cuando la sociedad ha sido dividida, confrontada, sacrificada, al odio y la violencia racial, no hacen sino distanciar y desligar a la Democracia y Derechos Humanos, en una profunda brecha insalvable

El otro lado de la cuestión es que, dentro del radio social de una Democracia Participativa, no sólo se empiezan a respetar los DDHH, pues tanto más se consolida para todos los derechos sociales, económicos y políticos, sino una educación democrático-participativa de los ciudadanos, incide en el comportamiento de Estado que se vuelve un receloso vigilante y defensor (no transgresor) de los Derechos Humanos; además, en una Democracia participativa, se valora la dimensión jurídico-práctica y filosófico-social, de los derechos de la sociedad civil. Los Derechos Humanos no pueden ser plenos desde posiciones político-partidarias, sean estas conservadoras o reaccionarias; más al contrario, su defensa, promoción y educación (investigación) es sólida desde una democracia donde se respete la dignidad del ser humano.

Nicanor Parra, poeta chileno, escribió estos versos: “ primer derecho de los DDHH es el deber de ser respetados...” La Democracia como razón política y los Derechos Humanos una filosofía práctico-moral, encuentran un punto central desde donde pueden fomentar el desarrollo de los mismos: el deber de que los DDHH deben ser salvaguardados, respetados, profundizados y sostener su plena vigencia; pues, es a partir de la negación de su respeto, el no-ser de los ciudadanos y la vulneración de su dignidad, es justamente, donde empieza la primera violación a los derechos fundamentales de la Declaración Universal.

Iván Castro Aruzamen