miércoles, 14 de octubre de 2009

IRREVOLUCION Y PATRIARCALISMO POLÍTICO

IRREVOLUCIÓN Y PATRIARCALISMO POLÍTICO

El socialismo que se busca instaurar en Bolivia, sencilla y llanamente, es la expresión de la barbarie social, aunque por otro lado, a esa barbarie ejercitada por el MAS, yo digo que es el cucu, ese que nuestros abuelos invocaban cuando uno no quería comerse la sopa; por supuesto, que debido a este cucu político, desordenado, brutal, terrorista, los niños de derechas, ya empiezan a portarse educados y andan medio rectos; asimismo ese cucu socialista, esa irrevolución del masismo, nos ha planteado la necesidad de pensar en un cambio estructural del país. Claro, y si han aparecido en Bolivia el socialismo, el comunismo, el indigenismo y otros ismos políticos, no ha sido para parir más burgueses, que para eso estaban el MNR, MIR, UCS, ADN y las transnacionales –pues en realidad son muy uninacionales–, sino para espantar burgueses que le metían mano al Estado, por donde podían, pero no, el socialismo irrevolucionario del MAS, ha hecho nuevos burgueses hasta de las piedras. Por el momento, socialistas irrevolucionarios, comunistas, indigenistas, indianistas, sinmiedistas, cortesanos, condes y condesas y todos los sindicatos del hampa político del país, debieran empezar, si se quiere cambiar el estilo de hacer política, por desodorarse el rabo con un poco de sprais para matar moscas y cucarachas, no otra cosa tienen en la cabeza y entrañas; además, estoy convencido, de que a los irrevolucionarios del MAS, como García Linera, les gusta la sangre, peor aún, viven sedientos de sangre, son cómo el frankenstein –joven– de sus primeros experimentos, a estos patriarcas irrevolucionarios les gusta la hemoglobina y la carne.

Algunos librepensadores, hemos venido durante este tiempo, tratando de hacer una especie de periodismo literario político, es decir, ni más ni menos, que una “autopsia de la tiranía masista”, devenida muy pronto en un totalitarismo totalizador, en el que lo ideológico se sobrepone a la cotidianidad de la gente, así como un patriarcalismo, aberrante, por encima de la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres; eso nos demuestra la lista de diputables, senables, ministrables y presidenciables, para las elecciones de diciembre.

Más allá de que se aluda, ufanamente y con tanta alharaca, de que Evo Morales es el presidente del Estado Plurinacional, el patriarcalismo político no sólo es excluyente, sino que además, se ha convertido en una política de Estado. Wirginia Wolf, en “Una habitaci{on propia”, denunciaba cómo el machismo había invadido hasta la interioridad de las mujeres, yo no creo que algún masista u otro político en Bolivia, se atreva a rebatir esta afirmación, porque el MAS y todos los partidos políticos, son tremendamente patriarcales; la señora, Ana María Romero, por ejemplo, terminó sucumbiendo a esta lógica perversa, pues, de defensora de los derechos y un marcado antipatriarcalismo, termina sumándose a las filas de un movimiento, como el MAS, mucho más patriarcal que el chancho y el asno, juntos; yo pienso, que es urgente una larga y soberbia reflexión sobre el patriarcalismo en la política nacional. Porque esta práctica ha hecho de nuestra sociedad, no sólo violenta, sino que también se mueva bajo el manto de la confusión, la proliferación, la fecundación, el fervor desmedido, el hermetismo, la aglomeración, el desorden y, sobre todo, el lambisconeo, preguntemoslo, sino a Evo Morales, cómo le hace para dejar la botas bien lustradas, del más grande bufón que ha dado Latinoamérica en este siglo, Chávez.

Bolivia, ha sido (y es) de siempre una sociedad patriarcal; la descolonización masista al parecer intentaba poner fin a esto, pero, nos encontramos, ahora, con que además de ser patriarcales somos populoizquierdócratas; algunos patriarcas de la política, para nuestro bien han empezado su retirada (Látigo Rodríguez, Vázquez Villamar, Carlos Borth, Tuto Quiroga, Antonio Peredo, Walter Guiteras…) y dejan la arena política, Dios quiera, para vivir una segunda maternidad; aunque para tranquilidad de estos padres de la patria, ya aparecen en escena, los nuevos burgueses de izquierdas, muy diplomáticos cuando menos y sanguinarios en más, ocupados todo el tiempo, en hacer un show mediático bélico; ya he dicho, que la diferencia entre unos y otros, estriba en que, los neoliberales van a misa de 8 de la mañana y los masistas, a wilanchas y limpias de brujería.

Podríamos hasta creer que los irrevolucionarios de izquierdas y los decadentes neoliberales de derechas, parecen ser un mismo perro pero con distinto collar, no, para nada, son los mismos mastines y chihuahas de siempre y con el mismo collar; “la política de la irrevolución y el patriarcalismo político, sigue siendo putrefacta”, pero, mucho más, cuando nos damos cuenta de que los políticos sufren una hipertensión por el poder, posiblemente, ya hayan caído en una insuficiencia renal crónica, por eso algunos han optado por irse de consulta con el urólogo.

Iván Castro Aruzamen
Téologo y filósofo
Profesor de derechos humanos



EL SOCIALISMO INMORTAL

EL SOCIALISMO INMORTAL

A pesar de que el masismo y su cacique, creen en un “socialismo inmortal”, los revolucionarios de izquierdas, folkclóricos, están condenados a pasar al reverso de la historia, sea tarde o temprano –yo creo que será mucho más antes de lo que calculaban, porque en diciembre, el porcentaje entre el primero y el segundo, será mínimo–. Durante este tiempo de gobierno, la izquierda afeminada, se ha pasado la vida buscando la forma de hacer una revolución sin hacerlo, porque, los progres del MAS, tienen una visión aleatoria e improvisada de la realidad, y, finalmente, esa izquierda no es izquierda ni nada por el estilo. Si bien, Carlos Marx, predijo que el capitalismo acabaría devorándose a sí mismo, no pudo prever que el socialismo, surgiera donde surgiera, terminaría, también, engulléndose y con qué apetito, señor.

De momento, los diputables y senables, los ministrables, los posibilistas y futurólogos del MAS, están –y creen estar– en el limbo, en la cresta de la ola (del gallo decimos en Bolivia), en el paraíso plurinacional, aunque, bien sabemos, que en la cima, de lo que sea –el poder, la fama, los títulos, los aplausos, las adulaciones y hasta las caricias y el amor– sólo duran (y uno se está ahí) lo que canta un gallo. Y en este tiempo preelectoral, todos los agoreros del masismo, hacen declaraciones, asisten a banquetes, salen en los periódicos, se sacan fotos, arman gigantografías, usan los bienes del Estado para su campaña, dicen cosas –las más de las veces sin sentido–, sueltan discursos incendiarios y viajan por ahí, por todo el país; y así fue de siempre, los políticos la única vez que conocen Bolivia, es durante el turismo político-electoral.

Lo que les pasa a nuestros políticos es que quieren estar toda la vida en la cúspide del poder, en la punta de la ola, sufren del síndrome del surfeador –más allá de que no tengamos mar o posiblemente sea la única manera de tenerlo–. Niestzche, lo llamaba voluntad de poder, aunque de una forma u otra, todos sentimos algunas ganas de apearnos al poder; yo creo que los políticos, en nuestro país, tienen, también, mucho de equilibristas, callawayas, chunchólogos, es decir, un espíritu de circo, con la diferencia de que el payaso es digno; mientras se está ahí arriba, en la cresta de la ola, los delfines del socialismo indígena, se han ido comportando como el perro del hortelano Marx, no dejan cenar ni cenan. Se les ha ido todo el presupuesto de la nación, anunciando una democracia, libertad, justicia, que no existe, en suma, todo; no han podido, sé que es humano, tal vez, demasiado humano decía Niestzche, resistir a la tentación fácil de embobarse con el poder, de tratar de ser los más progresistas, los más avanzados –mientras el país va para atrás–, los más abiertos, los más latinoamericanistas, los más antiimperialistas, y los más pro-venezolanos o cubanos.

De lo que se trata en las próximas elecciones es, de que la gente votara, ya no por ningún tipo de extremismos, sino por una postura moderada, que no hay en este momento, sino más de lo mismo; la distancia entre Manfred Reyes y Evo Morales, es la misma mierda, es decir, el olor a alcantarilla, porque la derecha compra izquierdas y la izquierda compra derechas. Digo, hombre, dentro de nuestra incipiente cultura política, ya no cabe la subversión ni el totalitarismo; aunque de siempre, por muchas elecciones que hayamos tenido, en su momento, la derecha era la buena y la mala la izquierda, y más luego, la izquierda la buena y la mala la derecha; nos han educado en la pedagogía de que el anterior, el antecesor, el que estuvo antes, nunca fue bueno y es el que nunca gana en nada. No sé lo que pasará en diciembre, pero sí, lo que le conviene a Bolivia, en términos políticos: “ni socialismo ni capitalismo inmortal”, de ninguna laya. Yo creo que la nueva política, anda todavía madurando por las escuelas y las universidades, llegará su momento y la pútrida gente del neoliberalismo o el socialismo inmortal, hederán en la fosa de sus ambiciones.

Ojalá el día 13 de diciembre, el tiempo estancado del socialismo inmortal que pregona Evo Morales y García Linera, sea removido o como dice, Gabriel García Márquez, en el comienzo de su gran novela sobre el poder, “El otoño del patriarca”: “la madrugada del lunes la ciudad (el país) despertó de su letargo de siglos con una tibia y tierna brisa de muerto grande y podrida grandeza…”.


Iván Castro Aruzamen
Teólogo y filósofo
Profesor de derechos humanos

ANTIIMPERIALISMO EPILEPTICO

ANTIIMPERIALISMO EPILÉPTICO

La sociedad boliviana ha necesitado al indio y al mestizo como un contraboliviano, como la evidencia del mal y la decadencia, como un condenado en vida, como el contraste cobrizo de la casta blanca, criolla, europeizada, pálida y absurda, apostólica y romana; pero, los indios y los mestizos, fueron una cosa útil y dieron muchas buenas a la historia de nuestros países, dieron la memoria lúcida de que una nueva cultura, híbrida y contaminada, llena de rugosidades, para nuestro bien o nuestro mal, emergía en la historia del continente; ya César Vallejo, en esa su hondura poética del desgarro y desamparo americano, le cantó al mestizaje; y no, es que a lo largo de la historia de estos pueblos de la América del Sur, al indio y al mestizo, se los arropó con la mitología del miedo y la ignorancia, la incultura y los piojos y la sarna, no otra cosa, escribió, Alcides Arguedas en su “Pueblo Enfermo”.

Ahora, que indios y mestizos, con toda oportunidad y decisión, tienen la posibilidad de encontrar reivindicaciones como raza y clase, aparece, nuevamente, otra casta blanca, mimetizada bajo una simbología apócrifa, de la wiphala, del poncho rojo y la k’ulawa, la piedra y grandeza limitada de un Imperio perdido en el tiempo, tan sólo para hacerse con el poder efímero y circunstancial, del momento histórico del país, por cierto necesitado de cambio y transformación; ya escribí de que es imposible “el sueño boliviano con el sueño (angurria) masista”. Yo, les diría a mestizos e indígenas –conscientes de que no es posible sobrevivir en la mediterraneidad económica y política del mundo contemporáneo–, no para consolarles, que de eso se ocupó la cristiandad de la Iglesia ultraconservadora, sino para consolarme a mí mismo, si durante la época republicana hasta la caída de Sánchez de Lozada, se construyó un Estado sobre el lomo del indio y el mestizo, estigmatizados con la superstición y la ignorancia, hoy, ni más ni menos, el masismo repite el libreto, pues, sigue siendo un culito blanco, de manos féminas (o algún apellido italiano como Llorenti) el que erige la senda de nuestro destino y el pobrecito cocalero, campanario de ese pensamiento etéreo, sólo atina a repetir sin comprender lo que pasa su alrededor.

La nueva casta cobriza y blancoide de Palacio de Gobierno, elevó la imagen del caudillo a prototipo, sustentado por un discurso amañado y demagógico; el caudillo, ese personaje oscuro que puebla la historia política de nuestro país, tan ladino como un zorro o una hiena, de pronto, se convirtió, al mismo tiempo, por decisión propia y de manera involuntaria, en el nuevo dios de indios y campesinos y mestizos; y en lugar de redimir al indio y todos los excluidos de una sociedad excluyente por esencia, nada más termina por indianizar y desmestizar a todos, otra vez con el mito de la ignorancia, pero además, de la promesa paradisiaca del “todos para uno y uno para todos”; si la mortalidad infantil entre los hijos de la gente del campo –de manos encallecidas– no fuera la más alta de América Latina y quizá del mundo, podríamos pensar que las cosas andan bien; indígenas, campesinos y mestizos, han venido dando pruebas decididas de la voluntad de ser integrados e incluidos en una nueva sociedad, más allá de los flacos intereses de dirigentillos, tangenciales y serviles a la nueva casta burguesa de izquierdas.

Repasando la lista de las reivindicaciones –no esas de los nuevos magnates de la política, ni de los narcocapos de las cúpulas del MAS, que buscan fama, reconocimiento, dinero, títulos honoríficos…–, de los más pobres, de aquellos que en mis años de correrías pastorales, visité, acompañé y comí de su plato de lentejas, y con los que no hace mucho volví a charlar, de sus angustias y necesidades, me reconocí deudor de una profunda convicción por la liberación, hasta tal punto que corrí a mirarme en el espejo del baño, a ver si mi frente morena y mis manos, otrora agarraron el arado, la pala y la azada, cultivando la tierra, no habían cambiado de aspecto. Lo que les hizo a indígenas y mestizos, esa sociedad burguesa (la de los Reyes Villa, Samuel Doria Medina, Germán Antelo, Branco Marincovich…) nos han hecho en buena medida a todos los bolivianos. Recuerdo, cuando un catequista de tierra adentro, me dijo: “los campesinos no podemos ignorar la Ley, pero la Ley nos ha ignorado siempre a nosotros”. Eso no ha cambiado, pues, la Ley del masismo, hoy ignora a todo aquél que este en contra de los agoreros del paraíso terrenal del nuevo socialismo chavista.

La izquierda de letrina y los señoritos camaleónicos que divulgan su evangelio, del brazo de la chusma dirigencial masista, y que no pasan de ser unos antiimperialista epilépticos –sino, dígame usted, cómo es que don Fidel Surco, uno de los mayores cercadores de la democracia, vuele a Miami, rezando para que el Imperio le devuelva un ojo a su esposa–; yo creo que la izquierda y el masismo de Evo Morales, se parecen a los conejos, porque la insolencia y el mito del anticapitalista bueno y salvaje, se ha reproducido aceleradamente, entre gente ávida de chuparle al Estado; haber si de tanto coito conejil dentro del MAS sale algo nuevo por ahí.

Por el momento, la nueva casta, atea y leninista –sin tener idea de lo que eso significa– no difiriere en nada de la de antaño; debemos tener cuidado con esta nueva casta izquierdista, porque donde pisan o tocan, lo secan, lo aburren, le quitan el color y la gracia y la personalidad a las cosas. Los “izquierdistas epilépticos” de hoy, en nombre de la libertad, de su libertad, suelen cagarse en la libertad espontánea, natural y concreta de los demás, aunque, creo que, todavía los humos del poder que degustan como un buen vino, no les ha dejado caer en la cuenta de la providencialidad de su poder. Evo Morales, García Linera, el masismo, son provisionales. Y que han llegado a Palacio Quemado provisionalmente; eso de quedarse “para todo la vida”, no es más que el eco de un pensamiento anquilosado y puro cretinismo intelectual barato.


Iván Castro Aruzamen
Teólogo y filósofo
Profesor de derechos humanos

jueves, 3 de septiembre de 2009

DEMOCRACIA DE PALABRAS Y GESTOS

DEMOCRACIA DE PALABRAS Y GESTOS

¿Por qué habla Evo Morales en (desde) el Palacio de gobierno? Porque es el Presidente de los bolivianos, me dirán, rápidamente, muchos. Yo quiero decir que ese no es su sitio. Cada estadista, cada orador, cada político, consta de él y su circunstancia, como diría cualquiera que haya leído a Ortega y Gasset. Yo creo que el presi no tiene una pizca de filosofía, ni una comprensión mínima (ya nadie la tiene, por otro lado) de la política, peor una ideología o una cosa. Lo que tiene es una masa de adeptos inconscientes, un rebaño, un montón. Y cuando sale por la tele es para atacar a alguien o alguna institución, de manera abrupta, buscando ganarse al país con clichés incendiarios. Donde tiene que hablar Morales es en una chichería o en alguna quinta, hasta en el Melgarejo, de la calle Ingavi, hace unos años, de cuando era dirigente lo vi comer patos al horno. Ahí sería el Presidente, más auténtico, más él y su circunstancia. Algunos personajes de Palacio de Gobierno, también, según su circunstancia, debieran de hablar donde les corresponde. Sacha Llorenti, donde hablaba bien era en la Asamblea Permanente de los derechos humanos. David Choquehuanca, en los solsticios y wilanchas. Walter San Miguel, era un orador de bufete, sobre todo para los negocios del banzerismo. Juan Ramón Quintana, en algún seminario o curso de la Escuela de las Américas en Panamá. García Linera, donde habla bien es (era) en la tevé y en el lago Titicaca, y que hasta los peces y sapos salen a escucharle con cara de académicos.

He venido observando a este presidente y sus cuarenta secuaces desde que asumió el poder hace tres años; a mí me parece que, empezando por Evo Morales, todos los personajes de esta “democracia de costumbres y gestos”, debieran estar donde mejor hablaban, en su barra de “table dance”, en el compadrerío de barrio, de los bares y cantinas, chicherías y quintas, en los comedores populares de la cancha o los boliches apestosos de la zona sur. Pero, al fin y al cabo, la misión histórica que tenía el Presidente, era persuadir a los ricos del oriente y del occidente, para que abandonaran su ya esclerótica visión de Estado y se encarrilaran en la construcción de un país para todos, nada; al contrario, ajenos a su circunstancia, Evo Morales y el masismo, van cayendo en la tentación –igual que muchos caudillos y dictadorcillos en la América Latina del siglo XX: Pinochet, Fidel Castro, Hugo Banzer Suárez, Somoza, Hugo Chávez…– de quedarse, de persistir, de durar; Evo Morales está cayendo en la orgía perpetua del poder, y encima para mal, sus huestes le sacralizan mediante el mito y el rito de las proclamas de plazueleta y las Cámaras del parlamento, como si los bolivianos quisiéramos tener presidente indígena (indi-gerible) para siempre.

Me parece, además, que este es “el Presidente de los gestos”. Estamos en eso desde hace tiempo. Nada más y nada menos que en el gesto. “Y que el gobierno se reduce al MAS y el MAS se reduce a Evo Morales y, Evo Morales se reduce a un repertorio de gestos”, muchos de ellos chistosos, contradictorios, incongruentes, como el índice levantado cuando habla del imperialismo del Norte, por medio de un neoimperialismo popular. Desde que Evo Morales llegó a Palacio Quemado, hemos vivido de sus gestos: esa manera de entonar el himno nacional con el puño izquierdo levantado y apretado, casi al estilo hitleriano; o la chompita a rayas de la gira por Europa, las chaquetas confeccionadas con lana de alpaca y decoraciones incaicas y, sobre todo, ese gesto constreñido por hablar un castellano forzado, insolentemente. Los gestos del Presidente, la democracia de los gestos, es sólo para decir al país que este proceso de cambio y la revolución para nada del MAS, va a funcionar queramos o no. Todo indica (la pobreza, los bonos, el clientelismo, el compadrerio, la corrupción) que no va a funcionar, pero, de momento, yo creo, que para su campaña electoral de diciembre de este año, debiera de preocuparse de buscar un gesto para 50 años, porque eso de la retórica “Evo cumple”, está desgasta y manida por el mismo accionar, mediocre del masismo en la conducción del Estado.

Cuentan una anécdota por ahí, de que un día en Madrid, en el café Gijón, Ortega y Gasset, le dijo a José Camilo Cela: “Joven, ¿no prefiere usted que le conozcan por su nombre a que le conozcan por la cara?” Evo Morales y su entorno se han esforzado porque se les conozca por el nombre y por la cara, más nada por las obras y la buena administración del Estado, o la creación de una verdadera política económica. Les sucederá lo mismo que a ese personaje de Sthendal, de “El rojo y el negro”, Julian Sorel, estando a dos pasos de la muerte, pensó: “no he dejado de ser un hipócrita”. A tres meses de las elecciones y la probabilidad, segura, de montar un fraude electoral, cibernético, monumental, o daría lo mismo a horas, del día que caigan del poder, los masistas de la democracia de palabras y gestos, no dejarán de ser eso: hipócritas.


Iván Castro Aruzamen
Teólogo y filósofo
Profesor de derechos humanos

LA REVOLUCIÓN PARA NADA

LA REVOLUCIÓN PARA NADA

Un autor que caló profundamente en el catolicismo de ultraderecha, Tomás de Kempis, y al que mi abuela solía repetirlo a menudo, con el rosario en la mano, sobre todo, por eso de que el mundo era un teatro en el que cada cual debía de actuar de la mejor manera posible, por cierto no era tan malo a pesar de sus limitaciones; la frase de Kempis, “cada vez que estuve entre los hombres, volví menos hombre”, digo, para un homosexual, no sólo sería de su agrado, sino que, clínicamente, le absolvería de muchos tropiezos; sirva de excusa o no, dicha frase, hoy, más allá del platonismo de Kempis, nos sume en una honda preocupación: parece que, cada vez que uno siente la verborrea de la retórica masista, uno se siente menos boliviano, porque de esa cantaleta antiimperialista neoimperial, no ha desaparecido, esa obsesión que tanto se criticó a los gobiernos neoliberales, la apetencia por el cargo público –es una de las opciones, junto al tráfico de cocaína, más rápidas de hacerse de poder y salir de la pobreza–, el enganche, el homenaje –la celebración del 6 de agosto en Sucre, no fue sino un homenaje al indigenismo de Evo Morales y la ideologización in extremo por García Linera–, la coima, el compadrazgo, el amiguete; de ahí que, toda la vida y la política nacionales giren en torno a un retrosocialismo del verticalismo sindical, y una cada vez más invisible oposición de oriente y occidente.

Ya sabíamos y lo sabían los masistas, aprobada o no aprobada la Nueva Constitución, sea a través de un largo y/o turbo proceso, no era (es) la solución a los problemas estructurales del Estado en nuestro país; la impresión que tengo, después de su turbo aprobación en Oruro y luego el parlamento, es que se ha terminado haciendo de la Carta Magna una feria costumbrista, antes que una verdadera Constitución plurinacional; es una Constitución casera, sindical y excluyente; en esa dirección, la democracia, la libertad, la política, la nación, terminan siendo un puchero, un péctu, en suma, elementos decorativos de una fiesta costumbrista, y ya. Con la Constitución no se desayuna ni se almuerza, pues, aquí en Bolivia, lo que más comemos los pobres es el pan –a bien digo yo, porque crecí comiendo pan y leyendo libros, eso sí, aunque mi abuelo murió a los 98 años y las arrugas le dejaron como higo seco, hasta el último momento de su vida creyó que la tierra era plana; aquí la sabiduría de las arrugas, pasa por ser una choquehuancada ya célebre del Canciller del Estado Plurinacional–, pero, mucho más allá de la Constitución y el masismo, lo que los pobres queremos es, trabajo, libertad y pan, mucho pan, que me parece no es pedir mucho, quizá sólo sean las condiciones mínimas de toda propuesta o Plan de gobierno para los próximos 30 o 50 años; pan, Patria, Justicia, Libertad son necesarias para construir un Estado de las reales diferencias en la unidad; si lo más elemental para los pobres es el pan y el trabajo, los ricos y los nuevos oligarcas, se comen la patria, el poder y la libertad, también, creo que el plato suculento del momento, es el tema de lo plurinacional (patriotismo, suele decir García Linera).

Lo que iba a ser una revolución para cambiar la vida, transformar el mundo y glorificar la lengua, se ha ido quedando lentamente, quedamente, en un reformismo pequeño-burgués, todavía no resignado ni mucho menos desgastado; ahora bien, el cementerio de las revoluciones o donde van a morir los elefantes revolucionarios no es con una contrarrevolución, sino la mediocridad de sus gestores, qué más mediocridad que Choquehuanca, Celima Torrico, Alfredo Rada o Juan Ramón Quintana; es decir, la oportunidad histórica de salvar al país y salvarse así mismos, los masistas la han echado a perder, claro, qué saben los chanchos de margaritas ni los loros de pan mojado en leche. Astutamente lo que se quiere dejar en el país, es solamente una dorada mediocridad, bajo el nombre de revolución cultural y educativa; sabemos que con un pretendido discurso sobre el liderazgo regional y mundial de la dorada figura de Evo Morales, se quiere vender al mundo la imagen de un país de revoluciones, aunque, inevitablemente, Bolivia aparecerá como la que hizo su revolución cultural y educativa para nada, o sencillamente, la reforma pequeño-burgués de una clase dirigencial dorada, pero para nada.

La revolución para nada del MAS, no sólo acabó por echar abajo toda una arquitectura institucional del Estado sino que puso en su lugar una arqueología del pasado, y con eso rasgó nuestra fe en la vida misma, en la continuidad de algo que nos hiciera ser bolivianos, el tradicionalismo de una cultura e identidad construida, no ideologizada, porque ellos sólo conocen la tradición de la cultura del empoderamiento absolutista, vertical, genocida, qué gran mentira el pasatismo y el cinismo del dinero, que corroe las entrañas del masismo y las aguas sucias de su baño retrosocialista; es necesaria una revolución, un proceso de cambio, pero, para devolverle a la gente la dignidad y la fe en la vida misma, el pan y muchos libros.

Iván Castro Aruzamen
Teólogo y filósofo
Profesor de derechos humanos

YO, CANDIDATO

YO, CANDIDATO

Todo estaba medio tranquilo en mi vida, paisano, como siempre, metido en mis clases de literatura, mis artículos políticos en este periódico, las últimas visitas al médico, de rutina por supuesto, algunos problemas en el barrio, por ejemplo, una chichería infesta que acoge a toda clase de malandrines, esta rodilla mía un poco inflamada, cuando en esto que me llaman unos amigos, muy serios ellos, además, de librepensadores independientes, buenos tipos, una especie por encima de la clase política, tanto en lo ético como en lo profesional, y me dicen: “Que estamos preparando una candidatura, ya que están de moda los presidenciables. Y como independientes, un centro equilibrado, entre la extrema derecha y la izquierda, es decir, ni oligarcas ni terroristas, hemos pensado, te presentes candidato”. Antes de colgar el móvil, no puedo más que agradecer a mis amigos, por haber pensado en mí, ya es mucho para un gesto de amistad o tal vez de desesperación, como muchos bolivianos, frente a la ausencia de líderes políticos, con un poco de sesos y sensibilidad humana.

Joder, yo candidato. Sí, ahora se ha puesto de moda ser candidato, y una especie de demencia política empieza tentar a mil y (gil) para ser presidente. Si don Evo Morales llegó a ser Presidente, candidato, diputado, sindicalista, cocalero, platillero, llamero, es que, digo, paisa, para qué ser candidato, a nada, si cualquiera opta por ser político, para qué descender a ese submundo de parias de la política; si yo fuera candidato, debiera de haber sido, heladero, panadero, mozo, zafrero, cafizo, voceador, juez de agua, trapecista, clarividente, callahuaya… no señor, estoy no más bien así. El travestismo político de la derecha y la izquierda, se ha convertido en condición “sine qua non”, para ser candidato, no pasianos; eso de ser candidato, nada, no me veo candidato a nada, y es que la política en Bolivia, a más de ser subdesarrollada, en ella sólo hay espacio para una bola de ineptos y carentes de oposición(méritos); no hace mucho, escuché decir, con una parsimonia novelesca, a don José Luis Paredes (Papelucho), que se consideraba un (el mejor) servidor público nato, yo digo, todavía en nuestro país no existe una cultura del servicio desinteresado, en función del bien común, que se sustente en la gratuidad y la entrega por los demás, al punto de dar la vida por los amigos; el día que surja un servidor público de esa catadura, no cobrará un peso por su aporte a la comunidad, pues, mientras tanto, “el servidor público de nuestro tiempo (Presidente, Canciller, ministro, senador, diputado, dirigente y todos sus derivados) estará sujeto a las necesidades de la billetera y sus bajos instintos”.

Ser candidato es oficializarse o hacer que lo oficialicen otros; si nunca tuve un carnet o aval ni del MNR, MIR, ADN, CONDEPA, UCS, PS-1, PCB, PODEMOS, MAS y/o cualquier tienda política que haya existido, por qué ahora habría yo de renunciar, a aquello que quise desde el día que pise la universidad, un académico como el P. Miguel Manzanera o el maestro Juan Araoz, un novelista, un pensador, profesor, pero nunca candidato; en el Estado Plurinacional de hoy, ser candidato ya no es un mérito ni mucho menos, es sí, en cambio, el lugar indicado para los vividores, sátrapas, corruptos, antipatriotas, terroristas, travestis, facinerosos, ostras, mezquinos, megalómanos… en pocas palabras, para los prescindibles y toda laya de bazofia politiquera; Dios quiera que a las nuevas generaciones, ni siquiera se les pase por la cabeza querer ser como un Víctor Paz Estensoro, Goni Sánchez de Lozada, Jaime Paz Zamora, Evo Morales, García Linera, y me vienen ahora estos amigos míos, a querer hacerme como esos personajes.

¿Yo candidato, yo espejo cívico, yo escultura ética, alegoría ciudadana, arquetipo, patriota, padre o cosa? Yo, no. Que otros se aventuren y enloden en ese río de bosta política. Mejor que ser candidato, mucho más digno, es pasarse uno la vida, pregonando sus vicios, haciendo literatura, hablando de los pecados y las perversiones que llevamos dentro y sacándoles el cuero a los personajes abyectos de la política. El poder que da un carnet o un aval oficializándose, no es nada comparado con el poder de la palabra y la inteligencia sentiente, eso lo saben muy bien los novelistas y escritores y poetas, pues, el carnet o el aval, pasa.

“Estoy para siempre con esos librepensadores independientes, anti Evo Morales, anti García Linera, anti oligarcas, anti izquierdistas, anti comunistas, anti indigenistas y anti militarismo. Eso sí, desde la calle, porque la calle sí que es de nosotros y no de masitas o cualquier facción radical, ni de ningún pendejo que se pasa la vida de candidato a todo”.

Iván Castro Aruzamen
Teólogo y filósofo
Profesor de derechos humanos

viernes, 7 de agosto de 2009

LA IZQUIERDA ETERNA

LA IZQUIERDA ETERNA

A mi hermano Elvis J. Castro Aruzamen.
Sociólogo, de quien tanto aprendo.

Yo creo que en Bolivia en este momento, hay una gran izquierda, que no está en el gobierno y hay una izquierda pequeña y hay una izquierda unida y una izquierda desunida. Pero, yo prefiero hablar de una izquierda que quiere eternizarse, como sucedió en la China comunista de Mao Te Sung o la Cuba socialista de los Castro y la Venezuela del chavismo rojo, aunque, digo, pasa (só) lo mismo con la derecha. De ahí que a ambos extremos los lleve muy metidos en el epigastrio.

Esa izquierda festiva que quiere eternizarse, pero, que en muchas de sus aptitudes y maniobras, más parece ser de centro derecha, ha descubierto, más que un acierto un maquiavelismo, en el indígena o lo indígena, con todo su folcklorismo, una especie de energía solar, energía nuclear, riqueza cultural, explotable y nacionalizable, sobre todo, de cara a un electorado domesticado por el clientelismo. La izquierda, con sus sueños de eternidad, nos dice cada día, que el pasado era glorioso, sembrado de mártires y caudillos, nos cuenta la historia de que los pobres del imperio incaico (cojos, mancos, tullidos, mal formes, enfermos, prostitutas) eran felices y vivían en un reino dorado y que iban directamente a morar junto al dios sol. Mentira. Todo no es más que una demagógica mentira. No es verdad que lo pobres de ayer (y de hoy) sean felices. La izquierda en Bolivia, jamás dejó de situar sus utopías en el pasado, y la derecha utópica, también construyó su paraíso en el futuro, que nunca llegó.

“Seguiremos presididos algunos años más por una izquierda festiva, Juan Ramón”, le digo a mi gato, animal artero y mañoso, que me mira con los ojos centelleantes, mientras sorbe su patillo de leche. Claro, le sigo diciendo, a este gato ponzoñoso, de nombre Juan Ramón, “lo que don Evo Morales ignora, es que esa izquierda que quiere aternizarse era y es anterior y posterior a él”. Pero, por lo menos, me tranquiliza saber, que la izquierda que le ha embaucado al Presidente Morales, no es la rural y mujeriega, que es la que va conmigo, sino una izquierda urbana y onegesista, de señoritos y jocosa ¿Por qué esa izquierda es retrógrada? Porque su visión de la historia es arcaica, y, porque además, cree que la libertad sólo puede caber en un partido –antes era el partido comunista y el PS-1–, hoy es el MAS, y que la Justicia cabe en una sola mano (la del Tata Evo). Otro error de los visionarios de izquierda del gobierno, que en su momento el país juzgará, es sostener su fuerza política, en el mito de que La Paz, esa ciudad regada de publicanos y zelotas, ganado de los poderes, trinchera de incendiarios, aparezca como la capital y encuentro de múltiples revoluciones, de todas las libertades, cuando no es más que una geografía imposible arrugada por el frío. Y qué del resto del país.

Los pobres continuarán con el cielo nublado, mientras la izquierda que quiere eternizarse, no abandone sus pretensiones; digo, el único milagro para que los pobres despejen los nubarrones de su futuro, es entrándole a la plantación de la hoja de coca; según el gobierno, el mercado de los masticadores del ancestral arbusto, los acullicadores, se ha ensanchado vertiginosamente, aunque, yo no he visto gente del campo o cocaleros, mucho menos a sus hijos, que paseen con los belfos verdeando; tampoco se ha visto últimamente niños y mujeres, que gracias a los poderes alimenticios y nutritivos, que algunos le atribuyen a la hoja verde, hayan vencido la desnutrición y la repentina caída de los dientes; lo que sí parece claro es que la milenaria hoja, desde la década de los ochenta, ha servido para engordar las arcas de las mafias de la cocaína, establecidas en el trópico.

La democracia comunitaria, propuesta por la izquierda del gobierno, a mi me parece, que no es más que la democracia de los antojos de sindicalistas e incendiarios, que tienen olvidados a los pobres; una democracia de una izquierda que sólo quiere eternizarse en el poder, yo creo, que necesita de blasfemos, y no ya contra Dios, que eso lo han venido haciendo los últimos tres años de gobierno. Contra lo que hay que blasfemar aquí es contra la consigna, el panfleto, el mito del buen indígena, el rito de levantar el puño y la palma de la mano en el pecho, la grúa ideológica y el cepo evista, pues, toda blasfemia cívica es buena; blasfemar correctamente contra aquellos (aquello) que no admiten blasfemias (críticas) es el fruto de la libertad y la intención de construir un país sin mentiras.

Mi gato, Juan Ramón, ha terminado su leche y se relame los bigotes. Felino rastrero y mafioso, “la izquierda quiere eternizarse”, le digo. Mientras término este artículo, Evo Morales, siguiendo la lógica de la eternización en el poder, ha propuesto un programa de gobierno de 50 años, con miras a las elecciones de diciembre.

Iván Castro Aruzamen
Teólogo y filósofo
Profesor de derechos humanos