miércoles, 24 de septiembre de 2008

El PAÍS DESNUDO

EL PAÍS DESNUDO

Hasta hoy, el país, nunca había aparecido en toda su desnudez, mostrando cómo toda la frustración histórica de su imaginario por construir un Estado nacional, no fue nada más que un narcisismo soterrado a la luz de una práctica política que da asco; esta práctica del cinismo político no sólo le hubo sumido en una inercia histórica, pues, le llevó a guardar su odio en el más profundo laberinto de la soledad; y no es que como sociedad hayamos olvidado y dejado pasar por alto las enormes desigualdades que han marcado el destino, no sólo del país, sino de todo un continente y más de la mitad del planeta; pero, hoy más que nunca ha brotado un odio incontenible desde el seudoconcepto de etnia, en el que no hay cabida para las diferencias; las identidades asesinas, reclamadas tanto por unos como otros (movimentistas hacia el socialismo/autonomistas inclaudicables) no han hecho otra cosa que conducirnos al borde de la irracionalidad, el genocidio. Y aunque parezca una novela latinoamericana del realismo mágico, pues, no lo es: no ha sido la izquierda recalcitrante del afeminado García Linera y sus lacayos, ni la derecha atrincherada en la autonomía regional, inteligentemente robada a los pueblos de tierras bajas, los que nos han conducido al odio y la violencia; es sobre todo la pugna por el poder político, la que ha conducido a que ambos bandos hagan uso del Estado Criminal para fines estrictamente maquiavélicos.

Ya no importa ha estas alturas instaurar un socialismo andino (anodino) o capitalismo aymara, lo que cuenta más allá de toda ideología es el apoderamiento del poder como fin en sí mismo; por supuesto que el lúcido Foucault de la Microfísica del poder, no tiene reparos en afirmar que el poder corroe hasta la mugre de la uñas; y así como nos demostró el fracaso histórico de Bolivia, la ceguera de gobernantes de toda laya, frente a las mayorías sumergidas en el miseria, otra vez, campesinos, indígenas, originarios, comunarios y otros sectores desprotegidos, terminan aplastados por un discurso mimetizado, engañoso, mentiroso y amañado, bajo la bandera de reivindicaciones sociales e ilusionados por el espejismo de un poder que no ejercen; pues, la voz que ayer reclamaba la teología de los años sesenta, para aquellos que no la tenían, y que ella sostenía hacerla escuchar, ha sido usurpada por la praxis de políticos, que causan asco, como hace unas décadas atrás; la voz de los indígenas y campesinos, hoy, tiene rostros demasiado occidentales, tiene la fisonomía de la guapa gente, burguesa, de izquierdas, tiene el dulce semblante de unos García Linera, Juan Ramón Quintana, Alfredo Rada, Fabián Yaksic (que suena tan valcánico como Marincovic), Antonio Peredo o como el de Rafael Puente, hijo de un ibérico fascista, pequeño cerdo burgués, o un enternado Sacha Llorenti, cuyo apellido es tan italiano como el de Mussolini, o el siniestro viceministro Arce, que se tilda de católico; pues, todos ellos no son sino la clonación de los otrora, Sánchez de Lozada, Sánchez Berzaín, Banzer Suárez, Paz Zamora, Carvajal Donoso, Doria Medina, o el no tan lejos demócrata cristiano Benjamín Miguel; que hayan llegado al poder, los Mamani o los Choque, o los Chipana, o los Quispe, o los Condori, no es más que una ilusión fruto del espejismo de un poder político que anhelaban tocarlo.

Así, aparece el país que heredaran las generaciones futuras, desnudo, dejando al descubierto las llagas del odio insuflado por los nuevos mesías de los pobres, los indígenas y campesinos, que miran a estos nuevos miserables y desarrapados como un rebaño y los empujan lentamente hacia el abismo de una nueva derrota y frustración histórica: ya lo hizo el neoliberalismo de los 80.

Iván Castro Aruzamen
Teólogo y Filósofo
Profesor de DDHH - UCB

miércoles, 20 de agosto de 2008

Adolfo Bittschi: fe y cultura en la Iglesia Boliviana

ADOLFO BITTSCHI: FE Y CULTURA EN LA IGLESIA BOLIVIANA

La Iglesia en Bolivia y América Latina, necesita una profunda renovación –generacional como teológica– a nivel de las altas jerarquías. Nos sería sincero –como cristiano y católico– si no mencionará la inmensa preocupación que me invade frente a la total ausencia de una praxis profética, en obispos y cardenales; sin embargo, seguir aferrado a la idea de contar con mártires de décadas atrás es casi un sueño. Pues, urge en nuestra Iglesia hombres y mujeres que den testimonio de Cristo resucitado aún en la espesura de la realidad (Juan Luis Segundo). Asimismo, en los albores de este siglo se hace necesario radicalizar una auténtica inculturación y las semillas del Verbo, en una verdadera práctica intercultural; evangelio y culturas hacia un diálogo intercultural fecundo, hacia un modo de vida, hacia una ética, son los desafíos para pastores y laicos en toda Iglesia peregrina, mucho más después de lo acontecido en Aparecida.

El padre Adolfo Bittschi, recientemente consagrado obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Sucre es uno de esos pastores que ha cultivado una pastoral intercultural seria. Conocí a Adolfo, justo cuando el país regresaba a la democracia tras largos años de dictaduras militares. En ese entonces, muchos adolescentes en mi pueblo –entre las montañas del sur chuquisaqueño– veíamos al padre Adolfo, sereno, convencido de su fe y, sobre todo, con el aura de pastor y hermano.

El padre Adolfo, durante todos estos años, acompañando a hombres y mujeres, niños y niñas, ancianos y enfermos, a lo largo y ancho de su parroquia en Incahuasi, no hizo distinciones de clases sociales ni opciones ideológicos en su servicio misionero. Hizo suya en su praxis evangélica eso que escribió, el escritor líbano-francés, Amin Maalouf, en Identidades Asesinas, “lo que hace que sea yo, y no otro, es ese estar en las lindes de dos países, de dos o tres idiomas, de varias tradiciones culturales. Es eso justamente lo que define mi identidad”. Recuerdo, las muchas veces que charlamos largamente sobre distintos temas y seguí de cerca su entrega, sin límites, a favor de los más pobres y desfavorecidos, jamás escuché que se definiera como alemán o europeo, sino llana y sencillamente, boliviano-alemán, porque no dejó su lengua madre, más bien la enriqueció con un castellano nítido y un quechua que lo acercó a las angustias y sin sabores de los pobres, esparcidos por quebradas y laderas de su parroquia.

La casualidad hizo que los padres alemanes de Babiera llegaran a la zona de Cinti. A un grupo de los primeros misiones en 1958, el gobierno peruano, les negó la entrada a ese país dejándolos varados en le puerto del Callao; el entonces Cardenal José Clemente Maurer, hizo las gestiones para su entrada en tierra boliviana y posterior traslado a las provincias cinteñas; dos años después llegarían al otro lado del departamento, los sacerdotes de Trier. En el nombramiento del padre Adolfo, como obispo auxiliar de Sucre, se hace un justo y merecido reconocimiento al esfuerzo realizado por los padres alemanes que han pisado suelo chuquisaqueño, dejando la impronta del evangelio (no cabe aquí describir el enorme trabajo desplegado durante estos 50 años de presencia por todos estos apóstoles alemanes).

El recuerdo de muchos de ellos permanece aún vivo en varios pueblos donde dieron testimonio de su fe. Vaya un recordado homenaje y agradecimiento a Leonardo Niebler, Xavier Mader, Albert Köwler, Alois Shöffer, Conrad Müller, Edwin Reich, Otto Strauss, Eugenio Wiesmuth, Enrique Shmiff, Pedro Bubrach, Godofredo Zils (+), Antonio Reichilstine, Rodolfo Euteniur, Heriberto Latz, Claus Weber, Lothar Brucker, Mijael Jastier, Reynaldo Rath, Ernesto Theobald, Edwin Grauss, Leo Shwarz (obispo emérito)… y muchos otros.

Estoy convencido que el solideo encarnado que llevará el padre Adolfo, es fruto del polvo de los caminos recorridos, de largos tramos a fuerza de lomo de mulos, el sol de fuego, el frío punzante de las madrugadas, las noches de luna llena y su rebelde esperanza. Es perfectamente aplicable, lo que escribió el paraguayo, Augusto Roa Bastos, en El Trueno entre las hojas, a la figura y trayectoria misional del padre Adolfo, obispo: “ya era el obispo de los pobres, su única diócesis honoraria y real, y nunca tendrá otra más que esa. El clero temblará secretamente al verlo sentado en el sillón obispal” –porque Adolfo es inflexible con la salacidad y la corrupción.

Sus feligreses, no sólo en Incahuasi, sino en todo Cinti, saben que “sus dedos no dejaban el misal para barajar los naipes mugrientos del truco o del monte; sus labios no iban del borde del cáliz a los jarros de aguardiente (cañazo); su cuerpo no se desvestía de los ornamentos para desnudarse en la conscupicencia o la lujuría. La castidad estaba incrustada en sus riñones como un hacha. Y como no podía hacer hijos con su sangre de hombre, los parió con su sudor y su amor. Todos los pobres fueron (son) sus hijos”.
La conferencia episcopal boliviana, ante la necesidad de renovación, ya tiene un poco de oxígeno nuevo con obispos nativos como Oscar Aparicio, Ricardo Centellas o Jorge Herbas, en los que recae un gran desafío y responsabilidad: generar transformaciones y vientos de cambio importantes para el quehacer pastoral de la Iglesia de cara al siglo XXI. Con el padre Adolfo Bittschi, uno de los obispos más interculturales que conozco, la conferencia recibe otro poco de oxigenación para renovar su testimonio en Bolivia.

Iván Castro Aruzamen

miércoles, 28 de mayo de 2008

CARTA ABIERTA A ADOLFO PEREZ ESQUIVEL

Carta abierta a Adolfo Perez Esquivel
(Premio Nobel de la Paz)

Es de sobra conocido su trabajo a favor de la lucha por los derechos humanos y su propuesta de la no-violencia en América Latina. Es loable todo su esfuerzo por los pobres. Pero, no acabo de digerir –sus apreciaciones sobre mi país– y no puedo hacerlo porque soy boliviano; uno más de los cientos, que vive y sufre el marasmo en el que andamos metidos, por culpa de dos facciones encontradas, producto de la coyuntura actual. No dudo de su buena fe –siempre y cuando su opinión no sea otra más del ególatra argentino– respecto a su mirada sobre la situación de mi país; sin embargo, advierto que existe en sus juicios un sesgo de parcialidad, además, sujeto a la superficialidad. Me gustaría empezar haciéndole algunas preguntas, ¿usted conoce Bolivia la de adentro la profunda, más allá de su eje troncal? ¿Ha sufrido en carne propia la embestida de un racismo explosivo –nunca tan lesivo a la dignidad humana en toda la historia democrática, como hoy– instaurado por el presidente Morales tras su discurso antineoliberal? ¿Ha pisado sectores campesinos, no afines al partido (movimiento) de gobierno, que no han visto en su entorno un ápice de transformación y cambio propuesto por Evo Morales y los pobres (invisibles) del palacio de gobierno? ¿Vio acaso la zona del Chaparé y el cono sur cochabambino (Totora, Mizque, Aiquile) donde el tráfico ilícito de cocaína (garantizado por los sindicatos) es el pan de cada día? ¿Viajó en algún microbús abarrotado de campesinos que miran con desconfianza a quién lleva unas gafas o viste diferente? ¿Presenció la borrachera de campesinos en la que las arengas antineoliberales están a flor de labios sin tener idea alguna de las mismas? ¿Conoce el trabajo de cubanos y venezolanos (practicantes) que obligan a la gente a aprender el himno de su país como agradecimiento por la ayuda recibida y los atropellos que cometen en nombre de la misma, lo mismo, que los yanquis ayer? ¿Observó algún linchamiento (asesinato) en nombre de justicia comunitaria, las más de las veces a inocentes, lesionando el derecho a la vida, por muy culpable que sea la víctima?...

Y más allá de los intereses encubiertos de la burguesía cruceña que usted crítica, nada nuevo bajo el sol –dice el Quohelet–, muchos bolivianos estamos de acuerdo con la inhumación del modelo centralista –del que hicieron las logias cruceñas un vehículo de sus mezquinos intereses–, al cual se arrimó –equivocadamente– el MAS en el referéndum nacional sobre las autonomías. No crea –ingenuamente- que un gran porcentaje de la población vive de espaldas a la lógica de utilidad que buscan legitimar los terratenientes del oriente detrás de las autonomías y los estatutos; pues no, más bien los tenemos bien identificados y no necesitamos que nadie nos venga a hacer caer en la cuenta del barro en que estamos empantanados. Asimismo, tiene mucha razón cuando dice que los oligarcas no soportan a un indígena (monolingüe) como presidente o a una señora de pollera (cantante de coplas) como ministra de justicia; sepa que no sólo son los autonomistas los que tienen esta actitud sino sectores medios que entienden medianamente el dicho “zapatero a tus zapatos” y mucho más cuando hablamos del ejercicio de la función pública con miras al bien común. ¿Por qué entonces la reciente nacionalizada??? YPF no da visos de mejora cuando tiene al mando un abogado (todólogo)? ¿No debiera ser un especialista en petróleos el encargado de esta empresa? ¿Es un derecho humano realizar una actividad para la cual uno no tiene facultad alguna? ¿Acaso un maestro carnicero está facultado para realizar una operación quirúrgica? ¿Es lícito arrogarse –como lo hace la izquierda boliviana, clásica posición de los intelectuales baratos– la voz de los pobres (campesinos) y aparecer como los salvadores (elegidos) cuando de miserables no tienen nada?

Comprendo la nostalgia que siente por las voces proféticas de obispos y sacerdotes conocidos por usted; y claro cómo olvidar a Helder Cámara calificándolos a los terratenientes brasileños de prostitutos sagrados o Leonidas Proaño denunciando una Iglesia Latinoamérica aliada a los ricos y poderosos, pero, asimismo sin olvidar la de los pobres y marginados; Pedro Casaldáliga seguro de que el espíritu sopla donde quiere, pero que dudaba sobre su soplo por los pasillos del Vaticano; pues, señor la lista es interminable… hoy vivimos un tiempo en que los profetas deben asumir el devenir y trasformaciones sociales, no a punta de fusiles ni campos de concentración, sino en la opción por la democracia, por los derechos humanos, pero no dentro de sistemas colectivistas que no han hecho otra cosa que sembrar terror, pobreza, totalitarismo (Cuba); los nuevos profetas de la Iglesia asumiendo la causa de los pobres deben hacerle frente al gigante Heracles desde el enigma de Anteo. Seguir creyendo que el socialismo del siglo XXI es el anticipo del paraíso en la tierra es una ingenuidad igual o peor que sostener que dentro del libre mercado y su mano invisible existe salvación (Michael Novak); por muy premio nobel de la paz que uno sea para hablar de (por, para, en, sobre) los pobres se debe ser pobre!!!

Para terminar deseo transcribir unas líneas escritas por Dominique Lapierre, en la Ciudad de la alegría: “solamente un pobre puede reconocer la riqueza que es la pobreza. Sólo un pobre puede conocer la riqueza que es el sufrimiento (…) Y porque los pobres son los únicos que pueden conocer esa riqueza, son capaces de rebelarse contra la miseria del mundo, contra la injusticia, contra el sufrimiento del inocente, (…) Y si Cristo eligió nacer entre los pobres, fue porque quiso que fueran los pobres los que enseñaran al mundo la buena noticia de su mensaje, la buena noticia de su amor por los hombres”. ¿Serán estos pobres los que están en el palacio quemado de la ciudad de la Paz?


Cochabamba, mayo de 2008

Iván Jesús Castro Aruzamen
Prof. de derechos humanos ISET-UCB

miércoles, 26 de marzo de 2008

DE ÑANCAHUAZU AL INDEGENISMO

DE ÑANCAHUAZU AL INDIGENISMO

Rafael Puente –ex viceministro de régimen interior-, otrora, militante de la compañía de Jesús, entiendo, en un tiempo de efervescencia revolucionaria, en la que se buscaba afanosamente dar razón de la fe cristiana armonizando teoría y praxis, hoy, quiere justificar el salto político-revolucionario(?) desde La Higuera al Indigenismo del MAS. No dudo que el pensamiento revolucionario –si es que sostenerlo todavía no es ya un anacronismo- haya hecho aguas en ciertos sectores de una Iglesia Latinoamericana conservadora, dependiente, mezquina, preocupada por el crecimiento y avance de las sectas; Puente, en ese contexto cuenta que se fue a ordeñar vacas al oriente boliviano, creo que el hecho no reviste mérito alguno comparado con quienes no sólo recrean esa imagen sino que viven y hacen todo un evangelio del sufrimiento y exclusión social; conocí muchísimos hombres y mujeres de iglesia –extranjeros y nacionales- con un enorme espíritu de compromiso y entrega sin límites a favor de los más desposeídos, excluidos, marginados, desarrapados, condenados de la tierra (Franz Fanon), en suma, los nuevos parias que ha generado la modernidad tardía, sin que ello haya significado abdicar de su fe y pasar a engrosas las filas de una izquierda –como la boliviana- atestada de bribones.

Acaso, un provinciano –que es lo que soy- educado en las filas de la Iglesia y que lleva una cadena de antepasados analfabetos, una madre que garabatea medianamente el castellano –su única lengua- y que los sinsabores de la vida han cincelado su rostro, no con marchas ni bloqueos, sino con las más abrumadoras tareas agrícolas, hoy por hoy, no soporta la imagen del sindicalista carraspeando el español, pues, no tengo razón alguna para renegar de una institución que hace a la historia misma de este país.

Leí las notas de Puente sobre la posición del P. Gregorio Iriarte respecto al proyecto de constitución del MAS y los estatutos autonómicos de la media luna. Escribo estas líneas, no porque el P. Iriarte no sea capaz de hacerlo, es más, pienso que habrá dicho algo o simplemente su silencio diga muchas cosas; la sencilla razón de estas anotaciones es que, ¿no es bueno y saludable, que una mente joven, con ideas frescas y apreciaciones imparciales, le responda a un hombre entrado ya en la longevidad, y de yapa, disquisiciones cansadas, dogmatismos ideológicos que le encorvan cualquier tipo de análisis? ¿Los vientos revolucionarios de hace tres décadas no terminaron en un rotundo fracaso militar en Ñancahuazú? ¿El andamiaje político-ideológico de Puente sobrepasó más allá de la Higuera? ¿No es fruto de su fanatismo, adoctrinamiento acrítico, radicalismo político, bajo el resplandor del leninismo de su época, su tristemente proyecto de librito, “De Nazaret a Ñancahuazú”, pretensioso título, además? ¿no es un testimonio claro que Puente optara por ser un ex-combatiente de la Compañía, absorbido por las ideas de un marxismo-leninismo del cual se vanagloria hasta el paroxismo? Estoy convencido que la única muestra del ideario político de Puente no sobrepasa la verborrea y el monólogo surrealista.

Es irrisorio –para no decir más- que un ex-jesuita –aunque en la viña del Señor hay de todo- tras largos años de formación filosófico-teológica y que llegó ha ser maestro de colegio de Mariano Rajoi, opositor vasco cercano al etarrismo como Chávez de las FAR, cambie el discurso de los pobres y el compromiso de Jesús por la demagogia sindical; pues, es más que evidente sostener que la opción por los pobres pasa por las necesidades del anciano, el huérfano, el enfermo, la viuda, la samaritana o Maria de Magdala, es decir, los más pobre entre los pobres. Para Puente, desde su perspectiva marxista-leninista es lo mismo ser pobre con un patrimonio de 3 millones de dólares como Evo Morales frente a aquél miserable que sobrevive con medio dólar al día o el pobre policía cuya renta no sobrepasa los 900 bs. y cuatro hijos que van a la escuela. No se puede categorizar al pobre sólo desde una dimensión político-sociológica ni hacer del pobre una wipala de lucha, en busca del poder, mientras se banquetea igual que un cholo visceral; Jesús condenó vehementemente ese tipo de blasfemia porque consideraba que el hijo del hombre no tenía ni siquiera donde reclinar la cabeza.

En este momento, en el que los radicalismos encontrados en el país han frenado toda posibilidad de cambio es completamente evangélico condenarlos. Jesús no toleró ningún tipo de Zelotismo (sindicalismo, nacionalismo etnocultural, indigenismo, populismo, etc.) ni Fariseismo leguleyo alguno (movimientos cívicos, burguesías autonómicas, ultraderechas, etc.). Mantenerse equidistante de un indigenismo rampante y una ultraderecha salvaje es lo más sano aunque esta posición sea tachada por ambos bandos de cinismo o traición a la causa de los pobres, o finalmente lo que se le quiera llamar.


Iván Castro Aruzamen
Profesor de Derechos Humanos - UCB

miércoles, 7 de noviembre de 2007

UN HÉROE Y UN DESTINO: EL TESORO DE LAS GUERRAS DE HOMERO CARVALHO

Un héroe y un destino: El Tesoro de las guerras
Toda novela es, en una acepción
amplia, novela histórica.
Francisco Ayala
El tesoro de las guerras —o el “Arca de la Alianza” en alusión directa al relato bíblico veterotestamentario (Ex 25, 10)— es en el sentido estricto del término, una novela histórica; en ella Homero Carvalho a querido «acercar el pasado como si alguien lo estuviera contando en el presente»; pues, gigantesca tarea la que carga sobre la pluma de Antonio Robles (narrador), que escarba en los escombros de un pasado que aún nos viene persiguiendo, inexorablemente. Robles, irá tras las huellas de un héroe —poco común en la historia política de Bolivia— cuyo destino está ligado estrechamente a la quijotesca idea de construir un país, un ideario nacional sutentado en la unidad y la honradez.
Romualdo Villamil, el hombre que emerge de las notas de un vetusto cuaderno de apuntes, escrito por su compañero de andanzas, Gregorio Aguilar, en el que cuenta las correrías que hizo junto a su amigo, a través de todo el territorio nacional; así el cuaderno de Gregorio, no es sino el texto en el que se tejen traiciones, asesinatos, luchas por el poder, pero, sobre todo, es el testamento político-militar del Coronel Villamil; la vida de este militar nos va develando los entrecejos de nuestra historia. Y es que la novela, género libre y abierto, Carvalho la conoce como si fuera la palma de la mano y en el Tesoro de las guerras, nos coloca (mos) más allá de la literatura, más allá o más acá, en un terreno donde también cabe, entre lo infra y lo supraliterario, un arte (el de la novela), una arqueología (M. Foucault) del saber literario; el novelista Carvalho —o si quiere entender Antonio Robles— tiene sin más remedio que colocar su creación imaginativa sobre el terreno histórico, y lo hace cuando localiza la acción en el tiempo, el espacio de lo que fue, lo que pasó; en el Arca de la alianza, “esta había salvado de la destrucción y el olvido a aquella palabras que los seres humanos nunca debemos olvidar —el pasado histórico—, las palabras cariñosas, las del amor, las del perdón, la de la amistad, las que nos hacen ser mejores cada día”.
Nuestra geografía diversa, multicultural, plurilingue, plurinacional, en suma, todo aquello que somos, atraviesa toda la trama del Tesoro de la guerras, en la que los personajes de ayer o de hoy, adquieren un aire de rigurosa actualidad, porque “los bolivianos están acostumbrados a sobornar con el alcohol que les parece natural llevarle una botella a cualquiera”, pero, también, el pasado aparece como un lugar de refugio y para Robles, el mismo no sólo es algo cerrado sino paradójicamente inconcluso, pues, “el acuerdo con los hechos del pasado es un pacto de caballeros, que conlleva convenientes olvidos y rescata momentos felices”. Ese pacto que está abarrotado de anécdotas, juramentos, odios y momentos determinantes, han sido cruciales para la construcción de nuestro destino nacional.
Ahora bien, ese pasado que cargamos todos los bolivianos, muy presente en la novela, hace que uno se sienta a meditar sobre el itinerario histórico de Bolivia —aunque esta meditación sea para uno una angustia vital—; así el Tesoro de las guerras no es sino el cofre donde se ha fraguado un héroe y un destino, cuya trascendencia hace que nos cuestionemos acerca de la causa última de nuestra historia como nación; y pronto caemos en la cuenta, gracias a la novela, que hemos canonizado el fracaso y la gloria, o para ser carvalheanos en nuestra visión histórica: la gloria que Bolivia como nación —sin olvidar los más de 175 años de vida independiente, aunque esto sólo exista en un imaginario social absolutamente carente de todo realismo social— construyó, lo ha hecho a costa del fracaso, fruto nefasto que ha ido marcando todo el devenir histórico, hasta el presente.
Jorge Calahumana, el guardián celoso, reticente, abstemio, del Arca de la alianza, con toda razón no duda en afirmar que “la historia ya está escrita y el país ha sobrevivido pese a todo”, porque Calahumana, como muchos bolivianos, sabe que las guerras, no sólo aquellas que hemos librado con enemigos foráneos, sino, sobre todo, las intestinas guerras internas, entre nosotros, diversos, aún a costa del fracaso, han levantado mitos, leyendas, imágenes, íconos, que son el reflejo claro de la derrota histórica que arrastramos. ¿Acaso, un Melgarejo o un José Maria Linares, Hugo Banzer Suárez, García Meza, o el mismísimo Evo Morales, no son los ejemplos más patéticos de una gloria construida sobre las ruinas de una derrota histórica? Para Carvalho, desmitificar estos símbolos o “revisar nuestra historia y destruir a algunos de nuestros mitos sería contribuir a la desunión de este país que no termina de consolidarse”, desconstruir el pasado, es el único camino, y él, como cirujano mientras nos cuenta la historia de este país, no deja títere con cabeza.
Homero Carvalho, ha cincelado en la figura de Romualdo Villamil —auque él se empeña en hacernos creer que la punta de lanza en la trama es Gregorio Aguilar— al héroe, cuyo destino esta aferrado a la historia para mostrarnos la lucha entre el fracaso y la utopía; Villamil es un héroe marcado —depositador (rio)— por los entretelones históricos que han desangrado y desmembrado no sólo el territorio físico de la nación, también el interior, el de la identidad nacional. La sentencia de Romualdo, por esa razón suena a condena, cuando nos dice que, “las armas de la política son las palabras y sus tácticas son la adulación, la calumnia, el prejuicio y la traición, que ocasionan heridas mucho más mortales que cualquier arma conocida. Aquí —continúa nuestro héroe— subsisten alimañas inimaginables para el común de los mortales”, pues, para Carvalho ahí reside la fuente de todos nuestros males; y sólo es capaz sostener esta afirmación, de que la política made in Bolivia continúa llevándonos al abismo, un hombre que ha sido “caminante de todos los caminos, navegante de todos los ríos, hombre de una sola mujer, compañero y camarada”, que no descansó de bregar por su país a pesar de los sinsabores de una entrega y servicio sin límites, aún a costa de la vida misma.No podemos olvidar que ya Juan Rulfo en Luvina (El llano en llamas) se preguntaba al ver el estado de las cosas, “en qué país vivimos Agripina”, y Luís Sepúlveda en El Viejo que leía novelas de amor, termina achacándole como el culpable hasta del dolor de muelas, al Estado; García Márquez, en El Coronel no tiene quien le escriba, nos hace notar la presencia de ese Estado inoperante, ineficaz, muy común a las repúblicas latinoamericanas; y Carvalho siguiendo esta rica tradición de la novela latinoamericana, continua en el Tesoro de la guerras mostrando un Estado eregido sobre las arenas del fracaso, porque éste no ha “podido escapar a la traición de la política, ni a las eficaces heridas que le prodigaron las artimañas de la burocracia”; así, pues nuestra historia política —concluirá sosteniendo Carvalho— no ha sido capaz de extirpar, liberarse de un mal que la corrido hasta las entrañas mismas, porque “el peor defecto de los bolivianos, —dirá nuestro héroe más allá de haberse esforzado por ser un servidor público honesto, honrado, “peregrino de la nación”— creo que es la angurria por el poder, para los bolivianos el poder es algo por lo que podemos matar y morir”, la inestabilidad y falta de tradición democrática, son muestras de ello.
Leer el Tesoro de las guerras, sólo como un dato histórico-novelado del pasado y presente de nuestro país, sería distorsionar el territorio imaginativo en el que Carvalho ha sabido introducir a sus lectores, y finalmente, sería como negar lo que somos; así en el Tesoro de las guerras, aparecemos los bolivianos incorregibles de nuestros males, el país mismo, la nación inconclusa, la Bolivia que lleva el sello del fracaso, pero asimismo el semblante de un héroe y un destino (Romualdo Villamil), paradigma digno de ser imitado.

viernes, 2 de marzo de 2007

QUIERO PENSAR, PERO ME SALE ESPUMA

QUIERO PENSAR, PERO ME SALE ESPUMA

Una de nuestra voz poética más representativa, el beniano Pedro Shimose, con mucho acierto escribió un libro de poemas, “Quiero escribir, pero me sale espuma”, obra que fue ganadora de uno de los premios más prestigiosos para las letras hispanoamericanas, el premio Casa de las Américas. Pero, no siempre un buen poeta acaba siendo mordaz o al menos lo medianamente objetivo cuando escruta y pasea su mirada sobre eso que llamamos realidad, “lo cotidiano”, diría Francisco Ayala. Las más de las veces, cuando el intelectual escribe sobre ese espacio conflictivo y caótico, donde discurren las vidas de una inmensa mayoría, muchedumbre, de desharrapados y pobres, que son los más en este país, no hace sino echar espuma por la boca. Hablar sobre lo cotidiano es harto complicado, sin embargo tarea ineludible para la mayoría de esa casta llamada intelectual. El poeta o el novelista, como dice el autor de “Animal Tropical”, el cubano Pedro Juan Gutiérrez, a través de la palabra debe “desnudar la realidad, no maquillarla”, aunque es un cometido pocas veces alcanzado más no por eso imposible.

Shimose escribió un artículo, aparecido en el matutino "Los Tiempos", el domingo 21 de septiembre de 2004, bajo el título “Evo, el protestante”, en el que de modo subjuntivo se aventura a soñar cómo sería el gobierno del dirigente y diputado cocalero. Craso error de criterio político y miopía intelectual, pura ficción, al estilo Isaac Asimov. Además, no incluir en sus apreciaciones al actual gobierno, es como ver la paja que tiene el vecino en el ojo y hacerse el loco con el tronco que hay en el propio, para no decirlo con palabras de Cabrera Infante en Tres Tristes Tigres. El gobierno de Sanchez de Lozada, en su lucha frontal contra al corrupción, no ha pasado de ser un eslogan que sólo ha acelerado el crecimiento burocrático del Estado. A un año y poco más de gobierno de responsabilidad nacional, como le gusta llamar al jefe del MIR, el palacio vive habitado de una carroña de políticos, ávidos de poder, y cómo dice Shimose: “rodeado de ineptos, corruptos, aduladores y sinverguenzas...”. Así anda este país y no es mentira lo que afirma Cayetano Llobet, “así de cojudos somos” los bolivianos, que nos permitimos realizar ejercicios mentales, tan alejados de lo cotidiano, como pensar que pueden existir políticos honestos.

Quiero recordarle a nuestro premio Casa de América, que no es lo mismo vivir en una metrópoli europea a vencer el día rascándose la barriga, en Curawara de Carangas en el Altiplano, o Pampa Rayo en Chuquisaca, o allá en el oriente boliviano en medio de la borrachera verde de la Amazonía, entre los restos de alguna de las tantas etnias..

La realidad de este país está condicionada por modelos importados, la intuición y, sobre todo, la hegemonía de una burguesía nacional bordeando la ignorancia. A principios del siglo XXI contamos con un territorio, en el que el índice de pobreza es tan alto como sus montañas, bajo índice de escolaridad, deuda impagable, escasa atención a las necesidades básicas de salud, una desigualdad escandalosa entre una minoría que vive en el primer mundo y una inmensa mayoría en los suburbios de la pobreza, pero aún endémica. Y es que no intento hacer una apología del Movimiento al Socialismo y su líder, porque el oficialismo y la oposición oportunista del MAS, actúan bajo la bandera de la irresponsabilidad más cínica de cara a la búsqueda del bien común.

Juan Rulfo, en uno de sus cuentos más desgarradores que leí, “Lubina”, escribió: “en qué país vivimos Agripina... el gobierno nos ayudará”. Y Luis Sepúlveda, chileno, en su novela, “El viejo que leía novelas de amor”, dice: “el culpable de que te duelan las muelas, sabes quién es, el gobierno, pendejo”. Pues bien, vivimos en un país en el que la simpática gente de derechas o izquierdas (progresistas) encaramada en el poder, no sabe a ciencia cierta qué hacer con él, a lo sumo matar; y el (los) culpable (es) de que nos duelan no sólo los dientes sino la vida misma, el existir aquí y ahora, tiene un rostro concreto: MNR, NFR, MIR, MAS, MIP, UCS...

Iván Castro Aruzamen

SOBERANIA POPULAR: ¿DEMOCRACIA INDUCIDA?

SOBERANÍA POPULAR: ¿domocracía inducida?

Con Evo Morales Ayma, sindicalista, cocalero, paseándose por palacio quemado, igual que Villarroel, Belzu o Barrientos, personajes populistas de dácadas atrás, el ejercicio de la Soberania Popular es todavia incipiente. El gobierno actual desde el inicio de su mandato ha buscado ser in vox populi. No obstante, tras dos meses de gobierno masista, es notoria la carencia -mal congénito de nuestra democracia- de un proyecto nacional, sutentado -sobre todo- en la lógica del derecho a la satisfacción de las necesidades básicas. Ni oposición -que busca el ejercicio de la titularidad- ni oficialismo, han definido una política clara respecto a la defensa-vigencia-establecimiento, de un derecho fundamental, como es el derecho al esfuerzo humano (trabajo). En este momento de profunda crisis económica, es urgente diseñar estrategias coherentes y sotenibles, para la generación de espacios de trabajo para miles de bolivianos. Una traba, que habrá de despejar el gobierno de Evo Morales, es sustituir el modelo 21060, vigente desde el regreso a la democracia, por una nueva, en la que se contemple nítidamente el goce y seguridad del derecho al trabajo, fuente de otros derechos inapelables: pan, vivienda, vestimenta, salud, educación, medio ambiente...en suma, hablamos de vida digna para todos; acceso en igualdad de condiciones a este derecho fundamental, primario, es reponsabilidad de los poderes establecidos en el país y sus instituciones.

Una de las causas para la postergación de este derecho, sin duda, ha sido la falta de una democracia sólida e incluyente. Desde la vuelta a la democracia en la década de los ochenta, tras una honda crisis estatal, inestabilidad política, golpes y dictaduras militares, el proceso democrático boliviano, nació como una democracia inducida. Las diferencias entre matices, máscaras y rostros de esa democracia fueron mínimas. La realidad de país sumido en la pobreza, la corrupción, el prebendalismo, la poliarquía política, no sufrió transformación alguna. Tuvimos una democracia de baja intensidad, que requería una mano autoritaria e injerente para la transición, con Victor Paz Estenssoro; siguió una democracia restringida, que exigia límites no sólo a las demandas económicas, sino también participativas, con Jaime Paz Zamora; vino luego una democracia de fachada, que ofrecía legalidad de los derechos democráticos, pero incapacidad para resolverlos, con Hugo Banzer Suares y Jorge Quiroga Ramirez; y finalmente, una democracia tutelada, que requería un poder externo que proteja y administre la constitución de la misma, con Gonzalo Sanchez de Lozada, Carlos Meza y Eduardo Ridriguez Veltzé. A partir de diciembre de 2005, está en vigencia (por el momento) una democracia de la soberanía popular, que también requiere de una mano foránea (Hugo Chavez, Fidel Castro y otros gobiernos de discurso antineoliberal, pero con prácticas políticas capitalista serias) para sostener un sistema democrático débil.

Estas caras de la democracia, se derrumban y deforman, transparentadas por sus debilidades, debido a la evidencia notoria de la miseria y pobreza crecientes, junto a la ajenidad y lejanía, que el pueblo tiene respecto a procesos insituyentes que marcan el sendero de su desarrollo.

Naturalmente, el peligro inminente de una democracia de la soberanía popular, como la que pretende el Movimiento al Socialismo, es que transforme los procesos instituyentes, como el Referendum Autonómico y Asamblea Constituyente, en una visión meramente sectorial, sindical, corporativista.

Una sociedad en la que quepan todos (Franz Hinkelammert) no puede construirse en base a intromisión ajena ni visiones particulares de grupos o élites, sean estas oligárquicas o movimientos sociales, sino desde una visión de conjunto, intercultural, de inclusión de todas las voces, disidentes y coincidentes, que quieren construir un país con justicia e igualdad, nacida de la praxis y no de meros discursos ideológicos.

Iván Castro Aruzamen