miércoles, 5 de octubre de 2011

¿COLONIZADORES O INDIGENISTAS?

¿COLONIZADORES O INDIGENISTAS?

Tras la brutal arremetida de la policía –por orden del Poder Ejecutivo– en contra de los derechos de cientos de indígenas –lo mismo que los colonizadores españoles del siglo XVIII asentados en Santa Cruz, que cazaban a los guaraníes como si fueran ratas para luego reducirlos a la servidumbre de hacienda– es necesario hacer un repaso de todas las estructuras del país: burguesía, clase política, obreros, estudiantes, movimientos sociales, indígenas, colonizadores (cocaleros y quienes hoy se denominan interculturales), maestros, ancianos, etc. Y es que de entrada tenemos una burguesía (tanto de derecha como izquierda) inoperante y acomodaticia, una izquierda subversiva que no termina de organizarse y sólo pasa por oportunista, unos movimientos sociales péndulo, que se mueven según intereses coyunturales, algunos opositores absurdos, y, en general, un pueblo que empieza a ganar madurez y criticidad, frente a una clase política que necesariamente debe ser desasnada.

Muchos políticos del actual sistema (Fidel Surco, Saúl Ávalos, Eugenio Rojas, David Sánchez –uno de los más desubicados–, Marianela Paco, Rebeca Delgado, César Navarro, Roger Pinto, Tomás Monasterios, Wilmer Cardozo y muchos otros) han hecho de la política nacional una cloaca; nuestra política nacional ha alcanzado niveles grotescos y es que sencillamente, los políticos se pasan la vida mareando a las masas, nada más “hablando de política” pero sin “hacer política”. Sobre todo, en un momento en que los bolivianos necesitamos saber la verdad de muchos hechos; aunque lo más urgente es conocer los entretelones de esa masacre salvaje, cobarde y cruel sobre la humanidad de los indígenas del TIPNIS. Contrariamente, el gobierno no hace sino salir con intervenciones demagógicas, mentiras efectistas, que sin duda ya no tienen la habilidad de hace un par de años atrás. Esta manera de manejar la política no estaría mal en cualquier político joven, pero, es imperdonable en quienes hacen alarde de este oficio. Un señor Vice –que viene de las fauces del terrorismo y un marxismo mal digerido– y un Presi –producto del sindicalismo, discípulo de Filemón Escobar, pateado, golpeado por la DEA por defender su cato de coca– llevar la política al rango de circo y la banalización, no; lo cierto es que el cuadro político nacional está cuando menos un asco, un excremento que no sirve para abonar la política del país.

Por lo visto hasta ahora, en materia revolucionaria, los revolucionarios –aunque me gusta más llamar la revolución blanca (cocaína) –de izquierdas (antiimperialistas, anticolonialistas, anticapitalistas y antiindigenistas) están condenados al fracaso, al punto que no quedarán ni para la estatua, porque al final, el señor Presidente y su revolución blanca terminará en su monó–culo y una corona de hojas de coca. Y por su lado el señor Vicepresidente, descubrirá muy pronto que el marxismo, el leninismo o el estatismo y el desarrollismo no son inmortales y mucho menos algún socialismo avanzado. Porque a estas alturas de la historia, nuestro demacrado Vice, no es más que un doncel de izquierdas, que duda entre las armas y las canas de su clase pequeño–burguesa, pues, definitivamente, por mucha letra que tenga no se ganará nunca al mundo indígena. Al lado de Morales no pasará de ser un colonizador más.

Ahora que el gobierno ha echado por tierra el discurso indigenista, violando los derechos humanos de los indígenas, el proceso de cambio desde la óptica del MAS, es intelectualmente indefendible. A pesar de que muchos políticos masistas se esfuerzan por intelectualizar los problemas del país. Una verdadera política participativa e incluyente, intercultural y plurinacional, debe ser corroborada por hechos pragmáticos, realísimos y legitimada por las evidencias. Todas las sociedades cuentan con situaciones democráticas límites, como la libertad de expresión, libertad de circulación, derecho a la exigencia de sus derechos, al voto y, sobre todo, a la vida. Y al parecer, los rasguños producidos a la ñusta menor del gobierno, el canciller Choquehuanca, con las endebles flechitas de los tipnianos –armas de guerra para el nefasto Llorenti– desencadenó la furia del gobierno contra los indígenas. Los masistas blancoides, cholos, mestizos, y/o rasgos indígenas o lo que fueren, no han dejado de ser colonizadores y mercantilistas.

Iván Castro Aruzamen

Teólogo y filósofo

viernes, 30 de septiembre de 2011

ROBERTO ARLT

ROBERTO ARLT

Roberto Arlt en 1928 declaró que se sentía vivir en un mundo del que había desaparecido la piedad y donde la pena del escritor se traducía en violencia equivalente a la de tirar bombas o instalar prostíbulos. Por esas y muchas razones, la narrativa de Arlt, es una literatura en todo el sentido de la palabra porteña e universal. El vanguardismo arltiano del autor del Juguete rabioso, Los siete locos, Los lanzallamas, constituye la voz dolorosa y perpleja de la expresión migrante en la Argentina, pero, al mismo tiempo, es la expresión transgresora de lo académico en la narrativa argentina hasta ese momento catalizada en Don Segundo Sombra de Güiraldes. En el momento de su aparición (1926) ambas visiones generaron senderos que se bifurcan: Güiraldes en su novelística es la exposición más acabada del nacionalismo y academicismo, por su lado, Arlt, es el estilo progresista, desordenado, que sale de esa postura güiraldiana y en cierto modo transgresora de los cánones establecidos.

Arlt, crea personajes exasperados que traducen sus propios odios y protestas, frente a una sociedad, como la bonaerense, que gradualmente se va despojando de valores humanos como la piedad o la solidaridad. No es gratuito en ese sentido que el narrador-personaje de El jorabadito diga: “Es terrible… sin contar que todos los contrahechos son seres perversos, endemoniados, protervos…, de manera que al estrangularlo a Rigoletto me vea con derecho a afirmar que le hice un inmenso favor a la sociedad, pues he librado a todos los corazones sensibles como el mío de un espectáculo pavoroso y repugnante”. Mucho menos es al azar, la frase con que refiere a Rigoletto como el “repugnante corcovado que jamás habría sido amado, que jamás conoció la piedad angélica ni la belleza terrestre”; Arlt, hace de sus personajes la consecuencia fatídica de una sociedad cada vez más sombría y que se desmorona en la desvinculación social camino inevitable hacia un individualismo aberrante.

Ya desde su primera obra, El juguete rabioso, y en sus trabajos mayores Los siete locos y Los lanzallamas, Roberto Arlt, contrariamente a la prosa académica que se esfuerza por construir un nacionalismo definido, va entreverando la anécdota, el chiste, la ironía y, por momentos, el costumbrismo. Así Rigoletto, no es sino la concentración más acabada de la ironía arltiana: “-¿Y dónde está la banda de música con que debían festejar mi hermosa presencia? Y los esclavos que tienen que ungirme de aceite, ¿dónde se han metido? (…) ¿Cómo no han tenido la precaución de perfumar la casa con esencia de nardo, sabiendo que iba a venir?”. Esta manera de escribir y de ironizar la sociedad desvinculada, no sólo abría nuevas posibilidades a la narrativa de la primera mitad del siglo XX en el río de la Plata, sino que además, contraponía al academicismo la transgresión como una posibilidad de expresión literaria capaz de develar los sórdidos escondrijos de una sociedad corroída y envilecida por el individualismo materialista, que además se esforzaba por esconder la escoria social fraguada en su seno. Cuando Arlt, en su peregrinaje, al igual que el personaje de El juguete rabioso, no sabe lo que iba a ser, lee el primer capítulo al maestro Güiraldes, pide que la esposa de éste último no esté presente, porque algunos pasajes y expresiones podrían herir la sensibilidad femenina de la dama, sabía que su voz literaria era la voz de la calle y la cotidianidad, hasta ese momento tan ajena para el naturalismo o el realismo descriptivo. Y es por esa razón, que la literatura de Arlt, encontrará un enorme eco en el público y no quedarse sencillamente en un pequeño círculo de iniciados. Pero, también, sin caer en el nacionalismo de Güiraldes, Arlt hace de su narrativa un gran diario nacional íntimo sobre el Buenos Aires, que fruto de una constante ola migratoria es cada vez más ajeno para sus habitantes. En los personajes de Arlt, una galería de retratos, en los que aparecen el rufián, el irónico, el desalmado, como Endorsain, Rufián o Ergueta en Los Siete locos, o Silvio Drodman Astier, un juguete rabioso que se descompone y se arma por la fuerza de los fracasos, o la señora X del El jorobadito –construida en la atmósfera kafkiana– son la expresión más honda y extensa de una sociedad escindida por la impiedad.

En cuentos como Un error judicial, El jorobadito, Pequeños propietarios, subyace de manera poderosa, la visión de un Arlt, que mira su país con ojos descalabrados, en la que lo salvaje, la crudeza, lo exasperante son el fruto del aturdimiento. “Los dos propietarios se odiaban con rencor tramposo”. “Tal sentimiento había madurado al calor de oscuras ignominias, y la teñía de colores distintos de desemejanza de desgracia que deseaban”. Si Roberto Arlt, como sostiene Anderson Imbert, escribía mal y componía mal, el incansable hábito del creador llegó echar por tierra todas esas falencias de recursos presente en sus trabajos. Para Arlt, una sociedad que pierde el vínculo, sea esta por la falta de piedad, la conmiseración, la solidaridad, la libertad, está condenada al fracaso y el resquebrajamiento social.

Iván Castro Aruzamen

Teólogo y filósofo

viernes, 23 de septiembre de 2011

HORACIO QUIROGA

HORACIO QUIROGA

Horacio Quiroga, tras su paso inicial por el decadentismo francés y las neurosis y estridencias del modernismo, heredó el espíritu trepidante del estilo policial de Edgar Alan Poe y de autores como D.H. Lawrence, Maupassant, H. G. Wells o Heminwey. Quiroga extremó en su prosa la exaltación de lo fantástico. Los cuentos de terror, de este maestro uruguayo, aparecen embalsamados por la tragedia y la muerte –experiencia, además, que lo acompañó al autor de Cuentos de la selva, desde su infancia hasta su suicidio en el Hospital de Clínicas de Buenos Aires–.

La prosa fantástica de Horacio Quiroga, exhala a cada instante lo misterioso e irracional, y que fue dentro de su postura estética, una respuesta al positivismo materialista y científico tan en boga a principios del siglo XX. Si bien el modernismo buscó una evasión ante esta realidad cientista, por medio del exotismo, Quiroga, intentó seguir el exotismo modernista pero de forma inversa. El exotismo de Quiroga es interior. Inicia un descenso hacia la interioridad humana, para contarnos cómo se esconden y se camuflan los estados psicológicos hasta llegar a niveles patológicos. Esta indagación de la interioridad subjetiva, no es sino la notable influencia de Poe y Dostoievski. Pero, además, la obra de este uruguayo desterrado voluntario en las entrañas de la selva en Misiones, constituye una muestra clara de cómo la experiencia vital es transformada en una postura estética. Para Quiroga el quietismo y la mirada inactiva del escritor frente a la realidad no tiene sentido, por eso, advierte que, antes que el arte está la vida. En ese sentido asume la postura del escritor en el papel de héroe de la acción, como Heminwey o Henry Miller. Toda la vida de Horacio Quiroga no es sino una respuesta estética. No es gratuito en esa dirección el primer postulado de su decálogo del perfecto cuentista: “Cree en el maestro –Poe, Maupassant, Kipling, Chejov– como en Dios mismo”.

Quiroga es un escritor que se apropia del entorno y lo hace expresándolo en toda su intensidad y dramatismo: “El Paraná corre allí en el fondo de un inmenso hoyo, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río […] El paisaje es agresivo y reina en él un silencio de muerte” (A la deriva). “La noche había caído ya, y el monótono zumbido de mosquitos llena­ba el aire solitario. […] La luna ocre en su menguante había surgido por fin tras el estero. Las pajas altas y rígidas brillaban hasta el confín en fúnebre mar amarillento. La fiebre perniciosa subía ahora a escape”. (Los inmigrantes)

Sin duda que la objetividad y el realismo, son dos elementos centrales de la cuentística quiroguiana. Pero, también, lo que hacen al estilo y talante propio de un narrador que supo llevar con cautela sobre su pluma la transición del modernismo hacia el regionalismo. Esta objetividad y realismo tan propios en el estilo de Quiroga son parte inescindible de sus personajes y la naturaleza. Así en La gallina degollada dice: “El patio era de tierra, cerrado al Oeste por un cerco de ladrillos. El banco quedaba paralelo a él, a cinco metros y allí se mantenían inmóviles, fijos los ojos en los ladrillos”. Esta objetividad y realismo presente en la mayoría de sus cuentos, se manifiesta una veces desde el interior de los personajes, como en La insolación: “Fue en ese momento cuando Old, que iba adelante, vio tras el alambrado de la chacra a míster Jones, vestido de blanco, que caminaba hacia ellos. El cachorro, con súbito recuerdo volvió la cabeza a su patrón y confrontó. -¡La Muerte, la Muerte!- aulló”; o en El Hombre muerto: “Por entre los bananos, allá arriba, el hombre ve desde el duro suelo el techo rojo de su casa. A la izquierda entrevé el monte y la capuera de canelas. No alcanza a ver más, pero sabe muy bien que a sus espaldas está el camino al puerto nuevo; y que en la dirección de su cabeza, allá abajo, yace en el fondo del valle el Paraná dormido como un lago. Todo, todo exactamente como siempre; el sol de fuego, el aire vibrante y solitario, los bananos inmóviles, el alambrado de postes muy gruesos y altos que pronto tendrá que cambiar...”. En La gallina degollada, es el narrador quien evoca un realismo impecable: “Corrió ya desesperado hacia el fondo. Pero al pasar frente a la cocina vio en el piso un mar de sangre. Empujó violentamente la puerta, entornada, y lanzó un grito de horror”. Este estilo alcanzado por Quiroga, en sus cuentos de efecto como gustaba de llamar a sus creaciones, rehuyó siempre los circunloquios y las formas oscuras que tienden a demorar la acción; su estilo se nutría del lenguaje directo, sin remilgos de ninguna índole: “Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus brazos sobre la cabeza y hundirse a lo largo de él con un ronco suspiro”.

La cuentística de Horacio Quiroga es la expresión incuestionable del americanismo, que luego alcanzará expresiones importantes en novelas como Doña Bárbara de Rómulo Gallegos, La vorágine de José Eustasio Rivera y en Don Segundo Sombra de Ricardo Güiraldes. Es asimismo, en este regionalismo presente en Quiroga cómo hunde sus raíces el americanismo. Quiroga fue un extraño, voluntariamente distante a los venenos de la gran urbe; por su lenguaje preciso, directo, objetivo y fantástico, se abrió la selva a la narrativa latinoamericana. En pocos trazos hacia que lo inconmensurable de la selva saltará a la vista del lector: “Veía la monótona llanura del Chaco, con sus alternativas de campo y monte, monte y campo, sin más color que el crema del pasto y el negro del monte”. Enfermo de tragedia y de muerte y de desgracia humana, sintió la necesidad de hablar de ellas con la más refinada objetividad y sencillez. En sus Cuentos de amor, de locura y de muerte o los Cuentos de la selva –leía yo a mi hijo cada noche antes de dormir en versiones aumentadas y corregidas– hay un hombre, la voz de un hombre, la vida de un hombre, que sufre los embates de lo trágico y contingente del acontecer humano, muchas veces teñido por la desgracia, pero que, alza su voz henchida de pasión, de ansias de anhelo y, sobre todo, un sediento de verdad que sabe que nuestro destino ante la tragedia no es callar sino exaltar la abundancia de la vida, porque la esperanza no es del ser humano, como dice Cortázar, sino de la vida.

Iván Castro Aruzamen

Teólogo y filósofo

lunes, 29 de agosto de 2011

REVOLUCION Y NARCOTRÁFICO

REVOLUCIÓN Y NARCOTRÁFICO

La lucha del gobierno boliviano contra el narcotráfico no es sino una guerra falsa contra las drogas. Se parece mucho a algunas películas de Hollywood. Ya se ha tornado aburrido el discurso del gobierno, sencillamente, porque quien produce coca no tiene moral para hablar de los daños que produce la cocaína.

La revolución cultural, productiva, democrática, y de todo, según el gobierno, no pasa de ser una exhibición una tanto sexy de hacer política. Al contrario ha empezado a desmoronarse por todos sus flancos, debido, principalmente, a la llegada del narcotráfico de forma organizada y escalonada. La presencia de narcos y carteles no es ya una cosa simbólica o teórica como hasta hace algunos años atrás; el negocio de la blanca para muchos campesinos y citadinos, es una forma rápida de salir de la pobreza. Lo que necesitan saber los gobernantes de turno, es que, el narcotráfico y sus acciones donde llega, lo toca y seca todo. Cuando lo narcos quieren apropiarse de un país, más aún cuando este es productor de materia prima para la elaboración de droga, invierten mucho dinero a través del lavado de capitales. Los narcos, ya saben del encanto efímero y endeble de la revolución masista; los narcos, con toda su maquinaria violenta y económica, no sólo le quitan la gracia a la vida sino, sobre todo, convierten la convivencia social en un territorio irracional. En nombre de la libertad y de su libertad que les da le poder de las drogas, se cagan en la libertad espontánea y natural de los ciudadanos; matar y disponer de los medios para sus fines, es su slogan de vida.

El narcotráfico dentro de nuestro territorio no es providencial; a pesar que para el gobierno sigue siendo un tema hipotético, teórico y supuesto, por los opositores al régimen; la gente hoy con sólo escuchar el término narcos o narcotráfico no solamente se le eriza los pelos sino que le cambia la cara. El poder de las mafias de la coca-ína radica en la violencia y el dinero. Así su poder se convierte para mucha gente en algo carismático, mítico, fácil. Sabemos que en el mundo el poder de este negocio es tal que, no necesitan estar los capos de verdad en un lugar o hacer las cosas de verdad, basta su olor para que se propague como un virus en un Estado. Al narcotráfico no le interesa un pito la interculturalidad o la biodiversidad, los derechos humanos o la democracia, sino carreteras y vías de comunicación más fluidas para andar a su gusto por ellas sin que nadie les haga la guerra.

Los narcos no son fantasmas en la cabeza de algunos que pensamos diferente al régimen, ni son soldados que van a defender el territorio, no tienen bombas atómicas, sí, satélites e intrincadas redes de comercialización; los señores narcotraficantes ya no sólo son colombianos o mexicanos, también hay bolivianos –y muchos- que empiezan a secarlo todo.

Iván Castro Aruzamen

Teólogo y filósofo

jueves, 18 de agosto de 2011

PROGRESO Y BIODIVERSIDAD

PROGRESO Y BIODIVERSIDAD

No sólo los indígenas son los que no quieren la construcción de una carretera que desgarrará el corazón de la madre selva; y como dice el indio Seatle, no la hemos heredado ni como Estado ni como nada, solamente se los hemos pedido prestada a nuestros hijos. Tampoco está de acuerdo con ésta, el desocupado que no tiene un boliviano para el pan de sus hijos, ni el adolescente que se prepara la pre o el servicio obligatorio, peor ese que acaba de graduarse en economía aunque ya está pensando en comprarse un chuto para meterle de chofer, ni la señora de la casa que hace magia con el magro sueldo del marido hasta que llegue el fin de mes, ni la niña ni el niño que se quedan horas mirando los dibujos de la Warner Bross ajenos a la intención del gobierno que quiere robarles el aire de mañana; ni siquiera está de acuerdo el minusválido, el oficinista, la madre soltera, el anarquista que piensa que es comunista, ni el masista más recalcitrante que sabe que lo que es en el fondo, es un fascista, ni el joven que fuma marihuana, ni la señora que tiene dos maridos y el tercero a medias, ni el enfermo terminal que espera por un trasplante, ni el abogado laboralista, pero aún, el constitucionalista para quien lo primero que se debe hacer, piensa, es constitucionalizar la Constitución… con todos ellos, todos bolivianos, que sufren los desmanes de un gobierno de la improvisación, por el momento, los únicos que sueñan con esa carretera son los cocaleros, para inundar la selva de coca y cocaína.

Es necesario romper una lanza, romper el silencio en honor de la biodiversidad que se cobija en el TIPNIS (Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro Sécure). Nada más humillante para los bolivianos y su soberanía, que un puto extranjero, ex – jesuita, ahora director de ABC Bolivia, después de haberse cogido a una de sus catequistas cuando todavía fungía de asqueroso misionero bajo un sotana, salga a decir que esa carretera, estén o no de acuerdo los indígenas se tiene que construir. Si no fuera porque para el españolito ese, gamberro y merluzo, le parecemos los bolivianos unos idiotas, hubiéramos quizá creído el cuento ese del progreso y el proyecto, dizque, monstruoso de integración que el gobierno tiene. No señor. La cosa aquí va por otro lado. Y es que nada más es un asunto político con el que se quiere pagar algún compromiso económico con transnacionales brasileñas. No está de más recordarle al ex – combatiente de la Compañía de Jesús –que más pudieron sus bajos instintos de la carne que la vocación de servicio y seguimiento a Cristo- que una cosa son los caminos del Señor y otra muy distinta los caminos del país, debieran estar en manos de ingenieros y no ex – curas.

Es inconcebible y raro, que a estas alturas de la democracia intercultural, un asunto tan sencillo se una cosa obscura y secreta para la opinión pública, la construcción o no de una carretera, sobre todo en lo que se refiere a sus fines, medios, motivaciones y estrategias. Ya es hora de someter el tema del desarrollo y la cultura a debate nacional, pero, mucho más urgente y concreto, merece un debate claro y abierto, el TIPNIS y su biodiversidad frente al progreso. Quienes deben decidir sobre la viabilidad o no de una carretera por su territorio son los indígenas y no por aquellos que vienen instrumentalizando la cosa indígena para fines sectoriales.

A los bolivianos no nos interesa si dicha carretera es una obra monstruosa para el desarrollo, si es buena o mala, conveniente o caprichosa, sino el hecho de que se quiera cambiar la geografía natural de una reserva tan importante, sin que los bolivianos tengamos conciencia claro de lo que eso implica. La biodiversidad natural de un territorio no es igual que un discurso del Señor Presidente o Vice y/o cualquier político, que cambia de rumbo de forma natural. El TIPNIS es un territorio fundamental para la vida de los indígenas ¿De quién es la biodiversidad que se quiere asesinar? ¿Del progreso o de los que habitan en la selva?

Iván Castro Aruzamen

Teólogo y filósofo